La vida en los balcones


Todo un mundo en los balcones. Las azoteas son ahora un campo de batalla. En la farmacia, un muro de metacrilato me recuerda que ya no le puedo dar la mano a nadie. Intento animarme imaginando a dónde quiero ir después de todo esto. A Atenas y al Xoves de Tapas. No bajaré la guardia, pero levantaré una copa. Ya hay demasiada noche obstruyendo la garganta y yo no tengo balcón.

Y, de tanto imaginar, recuerdo a mi abuela contándome historias. Podría quedarme oyéndola horas y horas, hasta convertirnos en las historias que contaba. En el medievo, durante la peste, la gente se refugiaba en aldeas y feudos amurallados. Mientras todo ardía, los sobrevivientes se reunían a contar cuentos. El escritor Boccaccio recopiló algunas de estas historias en el Decameron.

Yo siempre creí en eso, en las historias. Por eso hoy estoy aquí escribiendo esto aunque no me apetezca y por eso voy a seguir haciéndolo, porque guardo a mi viejita sosegada en mi corazón como una mecedora. Si estáis de cuarentena con vuestros abuelos o vuestros padres, decidles que os cuenten una historia. Ninguna peste puede vencer a las historias, los balcones son los nuevos feudos.

Antes de empezar a escucharlos, metamos una pizza en el microondas, que nos acompañe su música rotatoria y, al sonar la campanilla, con un trago largo, recordemos que cada minuto de la vida es difícil, que nada es gratis y que, si siembras en la tierra una historia (una semilla), crece. No tengo balcón, pero sí ventana, desde ella puedo ver pasar al camión de la basura y a las estrellas. Solo tengo que elegir.

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