Antonio Saleta: «En mi primer viaje chocamos con un barco ruso»

«Disfrutar de mis nietos me hizo darme cuenta de lo que me perdí en la niñez y en la juventud de mis hijas», cuenta este lobo de mar cormelán


Carballo / la voz

«Cuando nací, en Corme había cuarenta armadores. Yo provenía de una familia muy ligada al mar. La lógica decía que yo tenía que acabar trabajando en un barco». Antonio Saleta Cousillas (Corme, 1947) tiene 72 años y reside en A Coruña. Es capitán de la marina mercante jubilado. Fue todo un avanzado para su época. Con 19 años ya era piloto de segunda y con 22 se examinó para ser capitán de la marina mercante, título que obtuvo con apenas 24 años. Había dejado su Corme natal para estudiar en A Coruña. «De aquella solo había tres escuelas formativas: náutica, comercio y magisterio. No sé si lo mío fue vocacional, pero acabé en náutica».

Su bautizo marinero no fue precisamente esperanzador: «Era 1965. Tenía 17 años y estaba aprendiendo el oficio. Recuerdo que la armadora me mandó a Sevilla para enrolarme en el Monte Urbasa, que tenía como destino Three Rivers, en Canadá. Al llegar al río San Lorenzo [Canadá] empezó a caer en pleno día una tormenta de nieve increíble y de repente chocamos con un barco ruso. Fue un gran susto, pero solo hubo daños materiales en los cascos de ambos barcos». Claro que algunos compañeros de Antonio Saleta aprovecharon la ocasión para leerle la cartilla, eso sí en broma: «Me llamaron gafe porque para muchos de ellos era su primer accidente en el mar y yo, en mi primer viaje, ya había sufrido uno».

Antonio Saleta trabajó en varias casas armadoras: «Empecé en la naviera Aznar, en la que estuve tres meses, y acabé en Campsa», donde pasó gran parte de su vida laboral. Y como suele suceder en estos casos, recuerda con todo lujo de detalles su primer viaje como capitán de la marina mercante: «Fue con un petrolero de Campsa, el Campomayor, de 35.000 toneladas , 207 metros de eslora y 26 de manga». Y pese a pilotar un barco de semejantes dimensiones, no le tembló el pulso lo más mínimo. «Para eso me había preparado. La verdad es que los barcos mercantes son mucho más seguros de lo que la gente se cree», apuntó. Su experiencia más arriesgada la vivió en el puerto de Avilés: «Íbamos a descargar y el puerto estaba cerrado. Tras hablar con los prácticos, lo abrieron. La entrada es muy estrecha: a un lado el espigón y al otro lado, las rocas. En el puente había un silencio sepulcral. Solo se oían las indicaciones del práctico por radio: ‘Cinco a babor, cinco a estribor, avante...’ Fueron unos momentos muy complicados, de mucho estrés».

Antonio Saleta es de los que disfrutaba de su trabajo y eso que cuando empezó la palabra vacaciones era prácticamente una quimera: «Estábamos un año navegando y un mes de vacaciones. Luego fueron seis meses en el mar y mes y medio en tierra, y cuando me jubilé, en el 2004, eran cuatro meses navegando y dos en casa». Y añadió: «A veces hacíamos dos viajes. Y como se decía por aquel entonces: ‘En el primero hablas con los mamparos; en el segundo te contestan’».

En casa

Lo que peor llevaba era tener que enrolarse en un barco si había algún problema en casa: «Cuando marchaba para ir a navegar mi mayor preocupación era que quedara todo atado, si ocurría algo yo lo pasaba muy mal».

Y para colmo de males, las comunicaciones por aquel entonces no eran precisamente como para echar cohetes: «Mandabas un telegrama o al llegar a puerto llamabas por conferencia a casa. Lo hacías siempre a partir de las diez de la noche porque las llamadas telefónicas eran más baratas. Así había las colas que había».

Y como hombre de mar, su adaptación a la vida en tierra le costó lo suyo: «Estuve dos años sin poder adaptarme. Se me hicieron complicados. Mi vida estaba en el barco, en el mar. Mis compañeros eran mis amigos. Cuando me quedé en tierra se me hizo difícil adaptarme porque estaba acostumbrado a otra vida. Ya no era aquel marido, o aquel padre, que venía a casa a disfrutar de la familia por vacaciones, un mes o dos meses, y que traía regalos para todos. No. Estaba en casa las 24 horas y la convivencia era diferente porque aquel no era mi mundo, aunque sí era mi familia».

La jubilación también le ha servido para disfrutar de los suyos: «Tengo tres nietas y un nieto y disfruto de ellos muchísimo, no se lo imagina. Y esta experiencia me ha servido también para darme cuenta de lo que me he perdido en la niñez y en la juventud de mis hijas».

Antonio Saleta disfruta con la pintura, los paseos, charlar con los amigos. Y, como no, también piensa en su Corme natal, donde todavía tiene familia. Y aprovechó la ocasión para pedir a las Administraciones que rehabiliten la casa del almirante Mourelle y habiten un museo: «Seguro que muchos vecinos de Corme cederían sus objetos para el museo. Sería una pena no hacerlo porque Corme, como pueblo marinero que es, necesita un museo del mar», argumentó.

Su currículo

Nació en Corme en 1947. Tiene 72 años y con apenas 19 obtuvo la titulación de piloto de segunda. Con 24 obtuvo el título de capitán de la marina mercante, cargo que ejerció durante casi 40 años. Se jubiló en el año 2004 cuando trabajaba en Campsa.

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