El vapor inglés Nil, que varó en Arou, fue saqueado por la gente

Luis Lamela García

CARBALLO

Carabineros y Guardia Civil tuvieron que proteger el buque y recuperar parte de las mercancías

13 feb 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

El vapor francés Nil, de 3.000 toneladas y matriculado en Burdeos, pidió socorro en el atardecer del 10 de octubre de 1927 cuando se encontraba a la deriva a unas 25 millas del cabo Vilán. La llamada fue interceptada por el vapor español Artxanda Mendi, que se encontraba cerca. El radiotelegrama decía que el buque estaba fondeado en un lugar con un calado de solo cinco metros. Veinte minutos después, envió otro comunicando que se encontraba desorientado a causa de la espesa niebla, sin saber su posición. Y hablaba de una avería en la cadena del timón que impedía la maniobra, y que estaba al borde del naufragio.

En vista de la apurada situación, desde A Coruña le ofrecieron los servicios del remolcador holandés Willem Barentsz, buque que salió de puerto en su ayuda sin esperar respuesta.

La pérdida del navío francés fue inevitable dada la densidad de la niebla que desorientó a la tripulación. Y a las pocas horas de lanzar los radiogramas, el Nil se perdió en la ensenada de Arou, muy próximo a Camelle, y al arribar el remolcador a su costado encontró uno de los peores escenarios: el puente y la popa estaban bajo el agua, pero los pasajeros y la tripulación no sufrieron daños -doce viajeros y veinte entre marineros y oficiales-. El Nil había tocado fondo de madrugada en unos bajos y el boquete abierto en el casco anegó la parte de popa y del puente. Se constató la inutilidad de cualquier esfuerzo para su salvamento. Y, más en un mar hostil que no se apaciguaba, aunque en ese momento parecía como medio adormilado.

Salvar la carga

Durante los días inmediatos al naufragio, los pasajeros abandonaron el buque en tanto el capitán y la tripulación continuaron a bordo para intentar salvar la carga, antes de que el estado del mar empeorase y se lo llevase todo. Un cargamento compuesto por «sedería, automóviles en número de 20, tejidos de Damasco y otros efectos muy estimados», pero surgió el primer problema al abrirse un boquete a la altura de las bodegas. Comenzó a salir algún fardo que se esparció por el mar y creó el escenario perfecto para resurgir los raqueros.

Con motivo de la varadura, alrededor del buque acudieron un gran número de pequeñas embarcaciones para, supuestamente, prestar auxilio, aunque el capitán, «confundiendo sus intenciones quizás», disparó «al aire» su pistola «con tan mala fortuna» que alcanzó al vecino de Santa Mariña, Maximino Lobelos Tajes, Paquete, herido que posteriormente fue trasladado al hospital de Santiago para curarle. Aquellas numerosas embarcaciones se dedicaron a recorrer los alrededores del navío accidentado, con el fin de «pescar algo» del naufragio, no obstante seguir vigilantes la tripulación del NIL. Ante estos incidentes reaccionaron las autoridades de Marina y a los pocos días salió de Ferrol con rumbo a Camariñas el cañonero Dato, con la misión de vigilar los restos del vapor y evitar el desvalijamiento.

Registros

Fue la compañía de Cerdeiras y Buján la encargada de todo lo concerniente al salvamento del buque siniestrado, pero no fue posible. Se deshizo poco a poco por efecto de las embestidas del mar. Y como sucede generalmente en estos casos, el mar fue arrojando parte del cargamento a las playas. Lo fueron recogiendo numerosos vecinos convertidos en raqueros que provocaron que las autoridades denunciasen esta práctica. En su consecuencia, la Guardia Civil y los Carabineros registraron muchas viviendas, tanto de Camariñas como de localidades próximas, pero poco material lograron incautar al funcionar muy bien la picaresca.

A finales de octubre, y por sospechar de que se ocultaba contrabando en un establecimiento de Jaime Noya de A Ponte do Porto, los Carabineros efectuaron un registro auxiliados por la Guardia civil. Hallaron «ocho cajas de azúcar, dos bandas de automóvil, cincuenta y seis cafeteras de porcelana, cuatro botellas de licor de café, 116 latas de conservas, tres piezas de tela y 92 metros de paño...».

Sustracción de efectos

Requisada la mercancía, fue depositada en la Aduana de Camariñas en tanto el juez de instrucción de Corcubión, Fernando Ferreiro, inició una acción judicial para restablecer el imperio de la ley. Instruyó diligencias por sustracción de efectos, y se trasladó en dos o tres ocasiones al punto del naufragio para descubrir oculto en el monte Pergoliña un verdadero arsenal de muy valiosas mercancías: «¡Veinte sacos llenos de medias de seda!, numerosas piezas de ricos tejidos, harina, sombreros de fieltro para caballeros, perfumería, ropas hechas, cafeteras, cajas de velas y de azúcar, tablones de madera y... hasta cebollas, desconociéndose quiénes pudieran haber afanado el nido de Pirgoliñas», informaron las crónicas de la época.