El vapor inglés Nil, que varó en Arou, fue saqueado por la gente

Carabineros y Guardia Civil tuvieron que proteger el buque y recuperar parte de las mercancías


El vapor francés Nil, de 3.000 toneladas y matriculado en Burdeos, pidió socorro en el atardecer del 10 de octubre de 1927 cuando se encontraba a la deriva a unas 25 millas del cabo Vilán. La llamada fue interceptada por el vapor español Artxanda Mendi, que se encontraba cerca. El radiotelegrama decía que el buque estaba fondeado en un lugar con un calado de solo cinco metros. Veinte minutos después, envió otro comunicando que se encontraba desorientado a causa de la espesa niebla, sin saber su posición. Y hablaba de una avería en la cadena del timón que impedía la maniobra, y que estaba al borde del naufragio.

En vista de la apurada situación, desde A Coruña le ofrecieron los servicios del remolcador holandés Willem Barentsz, buque que salió de puerto en su ayuda sin esperar respuesta.

La pérdida del navío francés fue inevitable dada la densidad de la niebla que desorientó a la tripulación. Y a las pocas horas de lanzar los radiogramas, el Nil se perdió en la ensenada de Arou, muy próximo a Camelle, y al arribar el remolcador a su costado encontró uno de los peores escenarios: el puente y la popa estaban bajo el agua, pero los pasajeros y la tripulación no sufrieron daños -doce viajeros y veinte entre marineros y oficiales-. El Nil había tocado fondo de madrugada en unos bajos y el boquete abierto en el casco anegó la parte de popa y del puente. Se constató la inutilidad de cualquier esfuerzo para su salvamento. Y, más en un mar hostil que no se apaciguaba, aunque en ese momento parecía como medio adormilado.

Salvar la carga

Durante los días inmediatos al naufragio, los pasajeros abandonaron el buque en tanto el capitán y la tripulación continuaron a bordo para intentar salvar la carga, antes de que el estado del mar empeorase y se lo llevase todo. Un cargamento compuesto por «sedería, automóviles en número de 20, tejidos de Damasco y otros efectos muy estimados», pero surgió el primer problema al abrirse un boquete a la altura de las bodegas. Comenzó a salir algún fardo que se esparció por el mar y creó el escenario perfecto para resurgir los raqueros.

Con motivo de la varadura, alrededor del buque acudieron un gran número de pequeñas embarcaciones para, supuestamente, prestar auxilio, aunque el capitán, «confundiendo sus intenciones quizás», disparó «al aire» su pistola «con tan mala fortuna» que alcanzó al vecino de Santa Mariña, Maximino Lobelos Tajes, Paquete, herido que posteriormente fue trasladado al hospital de Santiago para curarle. Aquellas numerosas embarcaciones se dedicaron a recorrer los alrededores del navío accidentado, con el fin de «pescar algo» del naufragio, no obstante seguir vigilantes la tripulación del NIL. Ante estos incidentes reaccionaron las autoridades de Marina y a los pocos días salió de Ferrol con rumbo a Camariñas el cañonero Dato, con la misión de vigilar los restos del vapor y evitar el desvalijamiento.

Registros

Fue la compañía de Cerdeiras y Buján la encargada de todo lo concerniente al salvamento del buque siniestrado, pero no fue posible. Se deshizo poco a poco por efecto de las embestidas del mar. Y como sucede generalmente en estos casos, el mar fue arrojando parte del cargamento a las playas. Lo fueron recogiendo numerosos vecinos convertidos en raqueros que provocaron que las autoridades denunciasen esta práctica. En su consecuencia, la Guardia Civil y los Carabineros registraron muchas viviendas, tanto de Camariñas como de localidades próximas, pero poco material lograron incautar al funcionar muy bien la picaresca.

A finales de octubre, y por sospechar de que se ocultaba contrabando en un establecimiento de Jaime Noya de A Ponte do Porto, los Carabineros efectuaron un registro auxiliados por la Guardia civil. Hallaron «ocho cajas de azúcar, dos bandas de automóvil, cincuenta y seis cafeteras de porcelana, cuatro botellas de licor de café, 116 latas de conservas, tres piezas de tela y 92 metros de paño...».

Sustracción de efectos

Requisada la mercancía, fue depositada en la Aduana de Camariñas en tanto el juez de instrucción de Corcubión, Fernando Ferreiro, inició una acción judicial para restablecer el imperio de la ley. Instruyó diligencias por sustracción de efectos, y se trasladó en dos o tres ocasiones al punto del naufragio para descubrir oculto en el monte Pergoliña un verdadero arsenal de muy valiosas mercancías: «¡Veinte sacos llenos de medias de seda!, numerosas piezas de ricos tejidos, harina, sombreros de fieltro para caballeros, perfumería, ropas hechas, cafeteras, cajas de velas y de azúcar, tablones de madera y... hasta cebollas, desconociéndose quiénes pudieran haber afanado el nido de Pirgoliñas», informaron las crónicas de la época.

Una invasión de moscas y mosquitos

Detuvieron y trasladaron a Corcubión, a «los señores Rubianes, Zorrita de Camelle y un hijo de don Alfredo Noya», aunque el juez y las fuerzas del orden conocían de la existencia de más complicados en la sustracción de la carga. Y, en días sucesivos resultaron detenidos más individuos. Se instaló en Vimianzo una pareja de Carabineros para evitar que transportasen mercancías no registradas, en tanto en cuanto el litoral seguía tomado por las fuerzas de orden: «Por donde quiera que se vaya se encuentra fuerza armada, sean civiles, sean carabineros; esto da la sensación de un pueblo tomado militarmente», confesó a la revista Alborada, de Buenos Aires, de diciembre de 1927, un vecino.

En esa revista, Manuel Teijeira Hernández, que había regresado a la Argentina, aseguró que «Camariñas, como todo el mundo sabe, es un pueblo de gente pacífica, honrada y trabajadora. Jamás, que yo recuerde -y voy para viejo- fue a la cárcel ningún camariñán, por robo (sic), y sin embargo, vea usted cómo, en un momento, por virtud de falsas noticias, aparece nuestro pueblo como un nido de piratas...,» y se rasgó las vestiduras defendiendo a sus vecinos, aunque sus declaraciones dieron pábulo a numerosos chascarrillos.

Muchos vecinos de la zona se apuntaron en aquel naufragio a la industria del saqueo y la huida, recogieron en las playas fardos y otros objetos y accedieron a las bodegas del barco para extraer mercancías. Una de las numerosas anécdotas que dejó aquel naufragio fue que determinados vecinos confundieron la leche condensada, que transportaba el Nil, con cal, y pintaron algunas puertas de fachadas de las casas ocasionando una invasión de moscas y mosquitos.

De la ironía de un homenaje a unas coplas

El administrador de Aduanas, Luis Vázquez Jiménez, fue acusado por determinados estamentos y algunos periodistas de cierta indolencia o actitud pasiva, o, si se quiere, de mala práctica en el control y recuperación de la carga del buque siniestrado. En realidad se le fue de las manos, acusándolo después de haber denunciado a varios vecinos ante el juez municipal. Y, por ello, y por el agravio causado a su persona con los comentarios negativos, a últimos de noviembre de 1927 las fuerzas vivas de Camariñas le ofrecieron un banquete al que asistieron muchos comensales, entre ellos los vecinos más prestigiosos, con el fin de testimoniarle el agradecimiento y respaldo del vecindario. Y hubo discursos que elogiaron su labor y enaltecieron sus altos merecimientos, y cursaron un telegrama dirigido al director general de Aduanas: «En homenaje popular acto desagravio administrador Aduana Camariñas, Luis Vázquez Jiménez, acordose solicitar distinción para funcionario por rectitud y conducta ejemplar desplegada motivo naufragio vapor francés Nil. Alcalde, Corral; juez, Noguera; párroco, Torrado; médico, Artaza; maestro, Haro; abogado, Pardiñas; representante seguros, Blanco; secretario, Campos».

Más tarde, el seguro subastó los restos del buque y la mercancía recuperada. Y un año después, el 4 de diciembre de 1928 apareció el primer anuncio en La Voz de Galicia ofreciendo al público la mercancía del Nil: vinos franceses, clavos, sartenes, herramientas, roldanas para pozos, máquinas de coser, vasos, frascos vacíos, perfumería, hierros... Las muestras se podían ver la calle Picavia, 1, bajo, de A Coruña, todos los días laborables.

Sobre el naufragio y los raqueros, merece mención aparte la comparsa Los Piratas, de A Ponte do Porto, que actuó en la semana de los carnavales de febrero de 1928. Una agrupación que recorrió la mayoría de los pueblos haciendo crítica social, con mucho humor y desparpajo, y que no dejó a nadie indiferente: «El domingo de carnaval fuimos obsequiados -en Baio- por la comparsa de Puente del Puerto, organizada por animosos jóvenes de esta simpática villa que traían unas coplas alusivas al naufragio del vapor francés Nil que embarrancó en la playa de Arou. Dicha comparsa se titulaba Los Piratas y recorrió la feria de Bayo cantando sus inspirados cuplés al compás de unos extravagantes instrumentos confeccionados a propósito», reza la crónica publicada en La Voz de Galicia.

Quiso la comparsa, en clave humorística, con sus coplas e imaginación poner un espejo delante de la sociedad y sus valores en relación a lo sucedido con la carga expoliada del NIL, desgranando datos y aportando el veredicto histórico del icónico naufragio.

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