Matilde Vilariño: «Aos 6 anos xa lía coma os de 12»

Personas con historia | A los 11 sus padres la sacaron de la escuela de Canduas para que llevara las vacas al monte, pero a los 74 publicó su primer libro. Sigue escribiendo.


Carballo / la voz

Matilde Vilariño (Dombate, 1944) habló después del presidente de la Xunta en la primera visita institucional de Núñez Feijoo a Cabana. Cerró el turno de intervenciones con unos versos improvisados en honor del ilustre visitante porque esta mujer menuda y simpática es una institución en su pueblo y su entorno.

Ser la hija del cartero de Canduas le dio acceso a las revistas que venían en el correo y que su padre traía a casa. Su madre raramente se olvidaba de comprar alguna historia de ciego cada vez que iba a una feria, pero los dos, de mutuo acuerdo y por pura necesidad, la sacaron de la escuela con 11 años para que se ocupara de las tareas del campo. «Chorei canto quixen», pero tuvo que despedirse de «doña Concha», que acaba de sustituir a «doña Elvira» en la tarea de ilustrar a los niños de Borneiro, parroquia a la que volvió la familia tras unos años en Canduas, en casa de la familia paterna. Fue allí donde la pequeña Matilde, con solo 3 años, tomó contacto con la escuela, aunque fue casi de refilón. «Non aprendín nada. Eu creo que a avoa mandoume para que non lle estorbara. Había moitos nenos e a mestra só atendía aos maiores. Os pequenos só estabamos aí», recuerda.

Fue ya en Borneiro cuando la hija menor del cartero de Canduas despuntó. «Nun mes pasei o Silabario, o Catón e outro. Aos 6 anos lía como os de 12 e empecei co libro da letra miúda», ese que hablaba «dos romanos, os godos, os visigodos e todo ese rollo», explica sin falsa modestia. Reconoce que igual que le iban las letras detestaba las matemáticas, aunque si hubiera podido, señala, le habrían interesado también las ciencias.

Nunca reprochó a sus padres que la hubieran dejado con conocimientos tan limitados. Ella misma era consciente de que la economía familiar no daba para mandar a un hijo a estudiar y menos «a unha muller». Se conformó, aunque solo a medias.

En humo

El afán por escribir, por rimar por leer no se apagó en ningún momento, pero todos los poemas que componía acababan en humo hasta que un día su nieto menor pilló uno de ellos. Fue el primero que no acabó en la cocina de leña. Por eso, el libro que publicó a finales del 2018 se titula Poemas que non foron ao lume. Esa es la historia conocida de Matilde, la poetisa cabanesa en la línea de otras grandes como María Baña.

Era 1955 cuando a Matilde se le acabó la educación académica siguió adelante con su vocación de copleira, pero destruía todo lo que componía. Pura defensa propia. «Naqueles tempos... Nun pobo tan pequeno. Se dicían que Rosalía estaba tola, que non dirían de min», recuerda. Ni sus padres ni su esposo ni su hijo supieron nada. Tuvo que llegar la siguiente generación para que, en un descuido, Matilde apareciera a la vista de todos real y completa y para que incluso el presidente de la Xunta disfrutara de su espíritu rimador.

Aquella niña que iba a la escuela recuerda los tres kilómetros que debía recorrer para llegar donde estaba doña Elisa, sus libros y su genio, debido a que en muchas ocasiones se sentía sobrepasada por los muchos alumnos y las pocas ganas de aprender de la mayoría. «Eu estaba lendo, pero ela non podía escoitar porque uns rapaces facían ruído. Mandoume ao pelotón, que era un cornecho onde estaban os que non sabían. Tería eu sete anos pero negueime a ir, chorando e pateando. Eu si sabía ler! Ao final deixoume quedar». Le salió Matilde respondona y algo zángana porque el itinerario de 3 kilómetros en ocasiones les llevaba más de hora y media, lo que hacía que no pudieran volver a clase por la tarde. Años después incluso se enteró de que había clases nocturnas.

Tendría ya 13 años cuando abrieron la escuela de Dombate, casi al lado de su casa. «Cada vez que pasaba por aí dábame ganas de entrar a ver se me deixaban quedar». Nunca lo preguntó consciente de que no valía la pena porque a los 14 la iban a echar ya de forma definitiva. «Había que deixar o sitio para os que viñan atrás».

Pero Matilde no solo fue la hija del cartero de Canduas que casi nació rimadora. También era la bisnieta de Ramón Vilariño, que pagaba las rentas por el Muíño do Ferreiro a unos señores de Treos a los que finalmente se lo compró para arrendárselo «por pezas» a los vecinos de Canduas, reservándose ellos un día a la semana hasta que «a modernidade» vino e hizo que todo el mundo prefiriera los eléctricos. Sigue funcionando, el marido de Matilde, carpinteiro de ribeira, y su hijo, electricista, lo mantienen en marcha. La quinta generación es la que ahora muestra la reliquia familiar asentada en el Rego dos Muíños.

A su esposo lo conoció el día de Año Nuevo de 1960 y fue en un baile en Vilaseco donde el destino de ambos quedó sellado. A pesar de lo que podía haber sido, de que la genética o las ganas la dotaron de una memoria extraordinaria que no pudo brillar por falta de oportunidades Matilde no se queja. «Teño unha boa vida, una boa familia, uns bos veciños», dice. Y un libro, publicado por la Xunta de Galicia. Poca gente puede decir tal cosa.

Ahora quiere volver a los bailes de los domingos. Se le quitaron las ganas hace unos años, cuando murió su madre, pero ella se reconoce bailadora, alegre y espabilada. Y copleira. «É unha fotógrafa famosa, que a unha campesiña chea de arrugas me puxo fermosa», dice de Ana García.

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