Manuel Regueira: «El día que Botha y Mandela cenaron supe que debía volver a Aldemunde»

Personas con historia | Abandonó Sudáfrica consciente de que el cambio político generaría inseguridad


carballo / la voz

Fue una desconocida la que impulsó a Manuel Regueira Picón a correr mundo desde su Aldemunde natal. No logró entrar en la Academia del Aire, donde estuvo su hermano. Buscó otra fórmula como voluntario en Infantería, pero también lo rechazaron. Entonces llegaron esa fiesta y esa chica de Malpica, como una epifanía. «Bailó conmigo porque su novio no había venido. Entre una pieza y otra la miré de reojo, tan guapa, y me dije: imagínate que le gustas. Qué haces con ella, qué puedes ofrecerle, no tienes ni un duro. Entonces cogí el autobús y en lugar de ir a casa me bajé en Carballo. Esperé en un banco de la plaza hasta la seis de la mañana, al primer trolebús. Llegué a la parada de la calle Betanzos y fui hasta Olmos, derecho por si no sabía volver. Allí estaba la agencia Julián, que preparaba la documentación para los que emigraban. Pedí el primer destino. Fue Brasil. Me marché con 3.000 pesetas en el bolsillo y la deuda del viaje», explica.

Manuel Regueiro llevaba en su equipaje el título de bachillerato. Manuel Vilariño Grela, que era el director de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad, tenía en A Silva la academia Nicasia y allí se encargó de formar al joven de Aldemunde, que llegaba a clase caminando. «En verano era aún de día, pero en invierno era de noche. Me daba mucho miedo, temía a los lobos», recuerda Manuel.

«Los funcionarios no eran como los de Franco, que creían que la gente comía gracias a ellos»

Pero de poco le sirvieron los estudios en Brasil, donde sobrevivió fregando platos, hasta que conoció a un soriano que le hizo ver las posibilidades de Sudáfrica. Fue un amor a primera vista. «Me gustó, la organización, la limpieza, el orden. Había una gran diferencia. Los funcionarios de emigración eran amables, no eran como los de Franco, que creían que la gente comía gracias ellos», explica. «En Sudamérica la vida era bohemia. Estaba bien, pero no me gustaba». Allí, en Johannesburgo, encontró lo que buscaba, incluso una compañera para el resto de su vida. Empezó a trabajar de carpintero. «No sabía nada y me daba muchos martillazos en los dedos», pero fue aprendiendo. «Me llevaba los planos de las obras a casa y los estudiaba hasta que en poco tiempo pasé a llevar las obras», explicó.

«Ahora es negro contra negro o negro contra blanco. Ya no parece tan mal»

Terminó en una compañía que llevaba centrales térmicas y entonces pudo formarse. «La Federación de Ingenieros Civiles de Sudáfrica ofrecía a las compañías cursos en la Universidad de Pretoria y decidieron mandarme a mí. Fueron los mejores años de mi vida. Estudiaba, tenía coche de empresa y un buen salario», dice. Del apartheid, la política de segregación entre blancos y negros, poco cuenta, salvo que cuando se terminó comenzaron los problemas. «Los blancos fuisteis nuestra desgracia, nosotros estábamos en los árboles, pero vinisteis vosotros y ahora estamos peor, me decían», explica. Puede contarlo porque él mantenía relaciones y contactos con la población de color, pero «los afrikáner no eran tan abiertos, reconoce. «Allí había once tribus: las nueve negras, la holandesa y la inglesa, cada una con su idioma y sus costumbres», dice y manejar todo eso resultaba muy complicado. Él lo sabía y en cuanto leyó en el periódico en una pequeña nota en la que anunciaba que el presidente Piether Botha sacaría a Mandela de la cárcel para cenar con él supo que el cambio era inminente. «Con cinco millones de negros y uno de blancos la situación no tenía otra salida. Vine de vacaciones a Aldemunde y decidí empezar a hacer la casa para volver». Lo hizo muy pronto. Se hubiera quedado allí, confiesa, pero señala que tenía claro lo que iba a ocurrir, la falta de seguridad, el aumento de la violencia y las pérdidas económicas, sobre todo en los últimos tiempos, tras la presidencia de Mandela. No ha querido volver, «ni siquiera de visita». Ya no le quedan amigos, unos murieron y otros se trasladaron a Australia. Solo su esposa ha regresado en alguna ocasión.

«Caminaba hasta A Silva para estudiar el bachillerato. Me daba mucho miedo, temía a los lobos»
«La miré de reojo, tan guapa, y me pregunté qué podía ofrecerle. Entonces decidí emigrar»

De regreso en Aldemunde descubrió una tienda en A Silva donde vendían miel auténtica «unha pota do caldo». Compró 10 tarros, por 10.000 pesetas de entonces y decidió que él también podía dedicarse a la apicultura. Compró dos colmenas con enjambres en A Tablilla, pero fue un fracaso. Landeira, un vecino de Ardaña, que sabía mucho de abejas fue a ver y dio un diagnóstico que puso en evidencia lo poco que Manuel sabía de todo ello. «Dijo: una reina es zanganera y la otra, una bisabuela. Ninguna de las dos harán nada», explicó. Pagó la novatada, pero acabó comprando enjambres en Guadalajara. Todavía le queda alguno, pero es su esposa, Norbina, la que le pilló el truco a la apicultura y la que terminó por dedicarse a eso. Lo de él es el huerto y la conversación.

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