«Muchas bombillas y pocas luces»


La frase no es de cosecha propia, sino robada al compañero de Santiago Mario Beramendi, pero resume a la perfección el momento por el que atraviesa la articulación del tejido político y social de la Costa da Morte desde hace ya varios años: «Muchas bombillas y pocas luces». Y no estamos hablando precisamente de esos alumbrados navideños que, en el mejor de los casos y entrañabilidades aparte, sirve para fomentar el consumismo a través del despilfarro energético: un negocio redondo.

Tiene que ver con que, en una comarca con embalses y eólicos para tapar el agujero negro energético que es cualquier capital, se va la luz un día sí y otro también sin que haya nadie a quien le salten los plomos lo suficiente para levantar el automático de la dignidad y decir a las eléctricas que no hace falta que pongan tanto de su parte para acabar de anularnos como pueblo.

Se refiere a que los cables del teléfono se atan a las señales de tráfico y seguimos facturando en papel porque las telecos nos sitúan en el mapa de Botsuana y no en el de Hong Kong. Alude a que aquí las iniciativas turísticas se definen en la medida de su capacidad para ponerle la zancadilla al vecino, en lugar de por aprovechar lo que hace para tratar de crecer en conjunto.

Como estará la cosa para que los mayores prebostes de las verdades absolutas, a los que la palabra Neria le salía de entre los labios con gusto a salmuera, ahora la pronuncien como un chispazo de frescura, para afirmar que si no la hubiesen matado habría que inventarla.

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«Muchas bombillas y pocas luces»