Cinco polizones fueron abandonados a su suerte frente a la Costa da Morte

En noviembre del 27, el vapor noruego Torre Jarl, con destino a Liverpool, echó al mar a los jóvenes en un bote


No es casual que muchos hombres marcados por la miseria material y crónica prefieren una apuesta arriesgada para escapar de la pobreza. Y porque vivir es decidir, existen hoy las pateras que llegan a las costas andaluzas llenas de individuos que tratan de ganarse la vida. De eso en Galicia sabemos mucho.

La historia actual de la inmigración está llena, además de pateras, de dobles fondos en vehículos, de asaltos a las vallas de Ceuta..., y de polizones, historias todas de gente sin brillo que aspira a resolver su existencia buscando un territorio de posibilidades y esperanza, aunque para la mayoría resulte quimérico.

Los jóvenes españoles Diego Benavente Serrano, de 18 años y natural de Barcelona; Blas González Blázquez y Antonio González Millán, ambos de 17 de Granada; Bernabé García Ortega, de 18, nacido de Huelva, y Manuel Serra Rodríguez, de 20, de Argel y de padres españoles, inmersos en años de sueños a finales de noviembre de 1927 decidieron darle un giro a su vida para huir de la miseria y de la desesperanza. Y para ello embarcaron como polizones en Málaga a bordo del vapor noruego Torre Jarl, de la naviera Nordeufieldske, con un cargamento de fruta, creyendo que se dirigiría rumbo a Barcelona.

Se ocultaron en las carboneras con la intención de salir del escondite transcurridos dos días de navegación. Llegado el momento de enfrentarse a la realidad salieron a cubierta y advirtieron que el Torre Jarl llevaba rumbo al Norte, destino Liverpool, y no a Barcelona, y estaba acercándose ya a Gibraltar.

Enseguida se presentaron al capitán, Hansen, y este, con sorpresa mayúscula y consciente de la imposibilidad de retroceder y dejarles en el puerto de origen, malhumorado los entregó al piloto, que los puso en fila y ordenó a la marinería darles unos rebencazos. Dentro de una creciente hostilidad y animadversión por parte de la tripulación y una agobiante y tensa atmósfera, les entregaron unas marretas para dedicarse a picar la pintura del barco. Al siguiente día, por todo el alimento les facilitaron pan con manteca y agua, y uno de ellos cogió una naranja y fue castigado con una paliza. Aterrado por la agresión física, y con la sensación de haber perdido su patria y la tierra bajo sus pies, el muchacho se lanzó al agua y como no sabia nadar bien estuvo a punto de perecer ahogado.

Condenados al miedo y a la incertidumbre, sus compañeros, que también vivían el mismo escenario de violencia y desesperación se quejaron de nuevo al capitán, que ordenó lanzar un bote para recoger al náufrago. Pero cuando le subieron ya estaba medio muerto. Lo reanimaron por medio de respiración artificial. Luego siguieron con maltratos de obra por parte de los marineros a las órdenes del piloto.

Pesadilla

Las desdichas de los cinco polizones se enhebraron una tras otra. A las siete de la tarde del 2 de diciembre los sueños terminaron convirtiéndose en una pesadilla cuando el Torre Jarl navegaba a la altura de Fisterra. Ante la actitud de rebeldía de los polizones, el capitán del buque ordenó echar otro bote al agua y suministrar, además de dos remos, unos panecillos, una botella de agua y una caja de fósforos. Lo cierto es que otros capitanes desaprensivos e inhumanos les arrojarían al mar sin más y desaparecerían para siempre.

Al tocar en el agua el bote, los panecillos se fueron al fondo. Y, rápidamente embarcaron los cinco jóvenes. Desde las siete de la tarde hasta las tres de la madrugada bogaron desesperadamente, turnándose, dando voces demandando auxilio y achicando el agua que entraba en la reseca embarcación. Y como el viento soplaba de tierra, nadie les oía, impidiendo la marejada aproximarse a la costa.

Durante ocho horas palpitó en ellos el miedo, en una inesperada aventura en la que les iba la vida. Temieron que el mar se convirtiese en su definitiva tumba, aunque mantuvieron siempre intacto el instinto de supervivencia. Y, al fin, escrutando la noche, los cuerpos ateridos por el frío, con tensión y los ojos fatigados lograron saltar sobre las peñas y con grandes esfuerzos llegaron a un montículo en donde prendieron una hoguera en la que se calentaron. Y a una hora avanzada, muy cerca del amanecer llegaron a Corcubión tras mil fatigas, hambrientos y con punzadas de desesperación y desasosiego.

Y a partir de ahí, en la villa de San Marcos fueron atendidos por las autoridades durante breves días, hasta que por órdenes del capitán general del departamento marítimo de Ferrol, impartidas al ayudante de Marina de Corcubión, fueron trasladados a pie -por si no fuera suficiente el castigo- a Coruña a disposición del Gobernador civil, en una larga caminata que duró dos días. Salieron en la tarde del 8 de diciembre, pero uno, Bernabé García Ortega, necesitó tomar aire al rendirle la caminata imposibilitado de llegar a la ciudad herculina. Quedó, pues, en Carballo completamente agotado para seguir al día siguiente. Un nuevo castigo que no deja de causar extrañeza en los tiempos que hoy corren, pero no en los que discurrían en aquel entonces.

Para los cinco polizones todo quedó en una gran frustración y sufrimiento. Y poco más conocemos de esta historia de andar y desandar que simboliza el fracaso y no el éxito de muchos inmigrantes que pretenden mejorar su situación personal y la de sus familias. Seguramente intentarían más tarde buscar una segunda oportunidad para reanudar sus vidas y aliviar su miseria. Pero, no lo sabemos.

Una peripecia, la de los polizones del vapor Torre Jarl, en unas circunstancias muy duras, que está narrada a partir de la confesión efectuada ante las autoridades marítimas de Corcubión y las que aparecen en las crónicas de la hemeroteca de La Voz de Galicia. Esta crónica de una aspiración es parte de una historia que pertenece a otra historia más completa, una verdad difícil de descifrar si solo tenemos el testimonio de una parte. No es fácil, pues, orientarse entre verdades y mentiras, que seguro existieron en la versión de los polizones, porque siempre hay cosas en los protagonistas que conviene callar. No obstante, sí dibuja la vida real, la de los desheredados..., la de las pateras de hoy y de ayer en el Mediterráneo.

Tampoco sabemos sí los polizones llegaron a casa por Navidad. En el Nadal de 1927.

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