Pocos días tiene la vida


Cada vez que se lanza un dado, el universo se divide en seis. Dándome un baño se me rompió la física cuántica. Estaba sumergido, aguantando la respiración, y al sacar la cabeza del agua arrojé un dado que me había dado un mendigo. Algo cambió en la existencia. En el bote de gel no había letras. Qué raro. Fui a la cocina y cogí el tetrabrik de leche, tampoco había nada escrito. Ni en las galletas. Bajé a la peatonal: ningún rótulo, ningún escaparate tenía letras.

Fui a la farmacia a trabajar y en las cajas de medicamentos tampoco había letras, así que para dispensarlos, primero tenía que probarlos yo. Si ya todo era raro en un Carballo sin letras, imaginen un Carballo sin letras y con más fármacos encima que el Joker. Cuando me di cuenta de que era miércoles fui corriendo al quiosco a comprar La Voz de Galicia. ¡Nada! ¡Mi artículo vacío! Solo aquel papel albino tendido como una duna ante mis ojos.

Las letras se habían borrado de la existencia por culpa de mis experimentos con un dado en la bañera. Resignado de que nunca volvería a leer a Lorca, ni el horóscopo, ni Twitter, ni la etiqueta de Estrella Galicia que me sabía de memoria… caminé por la orilla del Anllóns para tranquilizarme antes de volver al baño a intentar arreglarlo todo.

A la altura del instituto había un rinconcito donde dibujé un corazón con nuestros nombres hace una década. Me acerqué y seguía escrito. Pocos días tiene la vida, sin embargo había pasado tanto… La única literatura que quedaba en el mundo eran nuestros nombres. Pensé: ¿sabes qué? Tampoco necesitamos más. Y no volví a tirar el dado.

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