Lita Costa: «No tempo de escola eu repartía pan ou recollía pinas para facer carbón»

Personas con historia | Con los ahorros de los 20 años que pasó en Alemania abrió una panadería en Neaño, el oficio que le legó la familia de su madre


Carballo / la voz

Lita Costa Souto (Neaño, 1943) es, en realidad, Elena, pero a sus tías no les gustó demasiado el nombre y optaron por un diminutivo que hoy da nombre a una próspera panadería de Neaño en la que cuando pides una alemana te dan una barra al estilo germano y en la que mucha gente descubrió la delicia de un brazo de gitano de nata y frutas. Eso se trajeron Lita y su marido de Alemania en 1985, además de los ahorros necesarios para edificar una casa y abrir un negocio que hoy llevan sus hijos, dos hombres que hablan alemán perfectamente, pero que siempre quisieron vivir en Galicia, aunque uno de ellos nació en la emigración.

En Alemania, Lita acababa su jornada en una fábrica de cajas fuertes y se iba a limpiar oficinas. Cuando llegaba a casa, ya de noche, le quedaba la cena y las labores del hogar. Todo ese esfuerzo y un ahorro férreo, sacando del banco solo el dinero necesario para vivir, le permitieron volver a Cabana y echar mano de sus genes por vía materna y los conocimientos de repostería centroeuropea adquiridos para bregar de nuevo todas las horas del mundo, aunque para si. «Polas festas, por San Fins, teño pasado dous días e dúas noites sen ir á cama», recuerda.

Pero si Lita optó por la panadería fue porque no le asustaba el trabajo. Es la mayor de los 11 hijos que tuvieron una panadera y un herrero, «a primeira en pasar pola escravitude». No había tiempo para la escuela, justo para las cuatro reglas indispensables. Era necesario repartir por las casas pan y recoger piñas y ramas con los que hacer carbón. Con ello su padre convertía el hierro en hoces que su esposa vendía por las ferias, de Carballo a Santa Comba.

Entre lo ofrecido de puerta en puerta y lo recolectado en el monte fue pasando la infancia de Lita y los 9 hermanos que le quedaron después de que uno de ellos muriera con apenas tres años. De esa época recuerda sobre todo el ansia con la que esperaba la prole el regreso de la madre con naranjas o manzanas compradas. «Carne non había máis ca na festa e un vestido de ano en ano», recuerda.

Con este panorama no es raro que casi todos sus hermanos se plantearan la emigración. En Alemania llegaron a coincidir seis hermanos Costa Souto y solo hubo una que nunca se fue fuera para trabajar.

La vida de Lita fue rápida en sus primeros años. Se casó con 18, se embarazó con 19 y emigró a los 23, dejando una criatura que aún no tenía edad para ir a la escuela al cuidado de su madre. Lo reclamó seis años después y el reencuentro no fue fácil. «Choraba porque quería volver coa avoa», recuerda. Lo hizo en cuanto acabó la escuela. La enseñanza superior ya la hizo en Carballo. El segundo hijo ya nació allí y solo conoció Cabana durante las vacaciones, pero «non quería marchar cando acababan», recuerda su madre. Normal, en Alemania no había juegos en las calles, del colegio iban a actividades extraescolares y después a casa. Los niños vivieron entonces una infancia muy parecida a la que tienen ahora muchos escolares, incluso de Cabana.

Para Lita, «a xente agora non sabe o mal que se vivía antes, tiñamos falta de todo», incluso de conocimiento. «Eu casei con 18 anos porque non sabía. As miñas netas teñen 27 e 32 anos e non lles fales de casar. Teñen bos traballos, bos coches. Fan moi ben», sentencia.

«Ao principio era coma se estivese muda, tiña que sinalar o que quería comprar»

Lita llegó a Alemania un año después que su marido, con 23. Él estuvo empleado en la Opel, pero despidieron un montón de gente en ese momento y se volvió. Buscó trabajo en A Coruña, pero «seguía sendo miseria», recuerda Lita, por lo que volvió al país germano y finalmente encontró un empleo estable para él y para su mujer.

Lita tenía poco más de 23 cuando llegó a un país extraño, a una ciudad desconocida y tuvo que manejarse en un idioma que no comprendía en absoluto. Por eso iba a comprar y solo podía señalar lo que quería. «Vía o pan, a carne, a verdura, e só podía sinalar», recuerda. A pesar, de las dificultades de comunicación, esta panadera jubilada se sintió muy cómoda. «Os alemáns, se non tratas de enganalos son unhas persoas que se desviven por explicarche as cousas. Cando volvemos tivemos que aguantar malas contestacións, aquí no noso país e no noso idioma», señala.

Lita fue la única que quiso volver de visita, hace ya unos años. Se alojó en casa de su hermana y viajó con una de sus nietas. Su marido dijo que había quedado harto de Alemania y sus hijos no tienen ningún interés por volver, pero ella echaba de menos a sus compañeras y amigas, tanto alemanas como gallegas, como la comunidad española era enorme cuando ella estuvo trabajando allí. Se reunían los domingos en casa de alguien o iban de excursión. Los sábados se destinaban a hacer la compra y a la limpieza de la casa.

Ahora ella y su marido cobran sus respectivas pensiones como autónomos y como emigrantes en Alemania. Dice que son suficientes, aunque «Facenda quere cobrar».

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