El «vakner» de Fisterra

Artículo publicado en La Voz de Galicia el 5 de enero de 1983


Desde hace algún tiempo andamos a la busca y captura de un extraño y dañino animal que allá por los últimos años del siglo XV puso en grave peligro la vida de un denodado obispo armenio, peregrino a Compostela, llamado Mártir según el mismo nos cuente.

La arriesgada aventura tiene lugar en el camino de Santiago a Finisterre y se tiene que situar en el país de los Holani «cuyos habitantes se alimentan de pescado». No sabemos cuál sería el régimen alimenticio del obispo Mártir, pero acaso fue herbívoro, vegetariano o carnívoro, ya que si no, no comprendemos por qué le llamaba tanto la atención que las gentes comiesen pescado y así lo nota hablando de los ingleses, de los vizcaínos y de los holani de la costa coruñesa. No hay la menor duda de que en su tierra natal el pescado no sería manjar cotidiano.

El viaje se inicia con esta declaración autobiográfica: «Yo, Mártir, aunque solamente de nombre, nacido en Arzendjan, y obispo, residente en ¡a ermita de San Ciríaco de Nor- kiegh, había deseado por largo tiempo ir a visitar la tumba del santo príncipe de los apóstoles». Pasa de Roma a Constanza, Colonia, Aquisgrán, París, Tours, Poitiers y entra en España por Bayona, pasa por San Sebastián en donde le tratan magníficamente si bien advierte «No he visto una fisonomía hermosa en esta población». De ahí a Oviedo y luego a Betanzos. Finalmente a Santiago en donde solo permanece 84 días, advirtiendo que no le fue posible permanecer más tiempo «por causa de la carestía de víveres».

Desde allí se inicia el viaje a Finisterre: «Me puse en camino -dice- y llegué a la extremidad del mundo, a la playa de la Santa Virgen, a un edificio que fue construido por la propia mano del Apóstol San Pablo, y que los francos llaman Santa María de Finisterre». Aquí es posible que haya confusión de apóstol y San Pablo esté por Santiago, ya que no se comprendería la intromisión de uno en los dominios del otro, ni ¡a asociación de Finisterre a la peregrinación jacobea.

Salvaje, grande y dañino

«Padecí muchos trabajos y fatigas en este viaje -continúa-, en el cual topé con gran cantidad de bestias salvajes muy peligrosas. Encontramos el vakner, animal salvaje, grande y muy dañino. «¿Cómo -me decían- habéis podido salvaros, cuando compañías de veinte personas no pueden pasar?». Fui en seguida al país de Holani cuyos habitantes se alimentan también de pescado, y cuya lengua yo no comprendía. Me trataron con la mayor consideración, llevándome de casa en casa, y admirándose de que hubiese escapado del vakner».

Nuestra preocupación se centra en averiguar qué animal se esconde bajo ese nombre, vakner, que por su estructura silábica se adivina que no es gallego ni tradicional ya que un grupo -kn- no puede tener más ascendencia que la puramente culta. Es una palabra culta o un error de audición del obispo armenio.

Lo único que sabemos del vakner es que es un «animal salvaje, grande y muy dañino», y además que la comarca de Finisterre, si le creemos, tenía una rica fauna salvaje y peligrosa («topé con gran cantidad de bestias salvajes muy peligrosas»). Pero con ella no conviene identificar al vakner que era animal conocido y bien identificado, como demuestra la pregunta de los holani, y la noticia de que no son capaces de resistirle una compañía de veinte hombres. Ya el descubridor del texto (traducido e incluido en los Viajes de Extranjeros por España y Portugal, editados por J. García Mercadal, Aguilar, tomo 7,-pág. 425) trató de identificarlo con el oso o el toro salvaje, y hasta le ayudaba a hacerlo la sílaba inicial vak- que recuerda el nombre de la vaca. Claro que cuesta trabajo creer pueda tener algún parecido con el loberno («algo semejante al vakner en sus dos últimas sílabas») o lince y mal habría que pensar de la fortaleza de los indígenas si entre veinte no podían hacer frente y matar a un toro bravo o a un lince, dejando libre a la comarca del dañino animal.

El vakner tiene toda la traza de esos monstruos fabulosos que aparecían en la Edad Media para dar fama a caballeros andantes, castigar una comarca por su mal comportamiento o para guardar un lugar prohibido o encantado. No parece prudente creer que se trata de una broma que le gastan los de Finisterre al bueno de Mártir, no tendría sentido alguno, y más si se tiene en cuenta que el animal no le hizo daño.

Sin embargo es sorprendente que el vakner que hacia 1492 espanta al obispo armenio no vuelva a aparecer ni se tenga noticia alguna de él por otros conductos. Y también lo es que hacia 1560 las gentes de Finisterre sigan gozando del privilegio de tener en sus alrededores animales fabulosos o una tremenda bruja que por espacio de 70 años asoló y casi despobló la comarca, alimentándose de niños, matando a todo ser vivo que viese o tocase y con el poder de hacerse invisible.’ Ya hemos hablado de ella en otra ocasión, se trataba de la bruja Orcabella, sepultada en una cueva en el monte que corona la villa de Finisterre. Advertíamos que su nombre es analizable como orea vella «dolmen viejo» y su historia -contada por un pastor al caballero navarro don Julián Iñigez de Mendrano, peregrino también a Finisterre- encaja perfectamente en un contexto ritual precristiano de tipo fecundatorio, del cual dará cuenta en el s. XVIII fray Martín Sarmiento al hablar de la vecina ermita de San Guillermo.

El vakner sería un animal fabuloso, creado con fines profilácticos por la iglesia con el fin de desterrar un culto pagano que tendría lugar en un dolmen que se hallaba situado en la cumbre del promontorio en que se asienta Finisterre.

Primeramente se combatió colocando a su lado una ermita, la de San Guillermo, ella no sería suficiente para desterrar la práctica. Luego se acudiría a la invención del animal fabuloso, del vakner, para alejar a los creyentes en su virtud. Setenta años después (y aún resistiría el dolmen o la cueva) se trató de espantarlos con la bruja Orcabella, y vencer la competencia que se hacía a San Guillermo. Al final se destruye el lugar visitado y la ermita de San Guillermo dispone de un sarcófago en donde cohabitan esposos que desean tener descendencia. Pero un obispo visitador enterado de la práctica manda despedazar la cama de San Guillermo y deja definitivamente olvidado el mito. Solo el curioso Frei Martín Sarmiento llega a tiempo para rescatarlo del olvido.

José Luis Pensado Tomé falleció en Salamanca, en cuya Universidad era catedrático de Lingüística Románica, el 16 de diciembre del año 2000, a los 76 años. Fue enterrado en Negreira, municipio del que era natural. Fue uno de los pioneros en los estudios lingüísticos en España, premio Fernández Latorre. Fue el director de la tesis de doctoramiento de Alonso Montero, quien recordaba en un artículo que Pensado fue el discípulo predilecto de Dámaso Alonso.

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