Carolina Román: «No quieren "Juguetes Rotos" en los teatros, dicen que trata un tema conflictivo»

A la dramaturga argentina le habría encantado llevar esta obra, cuyo protagonista es un transexual en la época de la dictadura franquista, por los colegios: «La educación es esencial», asegura. Se representará el viernes en Carballo, en el marco del FIOT


Carballo / La Voz

Tras el estreno absoluto de Medida x Medida, la próxima parada del FIOT será Juguetes rotos (viernes, en el Pazo, a las 21.00), una pieza en la que la ternura con la que se presenta a los dos personajes contrasta con la dureza y el desgarro de la historia y del contexto de fondo: la evolución personal de un transexual durante la dictadura franquista. La argentina Carolina Román (Formosa, 1972) es la artífice de esta pieza, que ya ha despertado interés más allá de la frontera: México, Argentina, Venezuela... Casi más interés, confiesa, que en los teatros de nuestro propio país.

-«Juguetes rotos». ¿Qué verá el público sobre el escenario?

-Pues una historia muy tierna de amistad entre dos personas que se encuentran en un punto crucial de sus vidas: una ha evolucionado hacia un lugar más libre en cuanto a identidad de género y otra está en ese tránsito. Está basada en la época de la España franquista y recoge la lucha por sobrevivir a un medio que no está preparado para aceptar ciertas realidades. También se verá un despliegue de los actores en cuanto a construcción de personajes.

-Kike Guaza y Nacho Guerreros, este último encarna al personaje que sufre una mayor evolución.

-Exacto, pasa de ser Mario a Marion y es quien ve una puerta hacia la libertad a través de su amistad con Dorín, que ya está más evolucionada y que ejerce un poco de maestrilla para él. Son dos personajes súper tiernos.

-¿Diría que la evolución respecto a esa época ha sido notoria?

-No, todavía hay que picar mucha piedra en ese sentido. Sí es cierto que hay una visibilidad que ya hubieran querido muchos de los que fueron asesinados en las cárceles: los tiraban por la galería, funcionarios y presos los violaban varias veces cada noche y sufrían vejaciones de todo tipo. De ese punto a la actualidad ha habido una evolución mínima, desde mi punto de vista. Bueno, la Ley de Vagos y Maleantes -que metía en el mismo saco a pederastas, prostitutas, gente sin oficio y transexuales- ya no está en vigor, algo es algo. La clave está en la educación de las próximas generaciones y en buscar un sistema más inclusivo.

-¿Cree que la legislación ha evolucionado por delante de la gente?

-Bueno, ya no les matan por ley [ríe], no sé si eso es una evolución, pero falta muchísimo: que se les incluya en los sistemas laborales en igualdad de oportunidades, por ejemplo, algo que a día de hoy no está siendo así.

-¿Por qué eligió este tema?

-Nacho me llamó para pedirme que le escribiera una historia y me habló de un libro sobre bullying que a mí no me despertó especial interés, porque es algo que ya está contado. Pensé en un colectivo que hubiese sufrido bullying y entonces di con Maite, una transexual que había pasado por algo así. De su mano empecé esta travesía, comencé a informarme sobre el tema, porque yo era una gran ignorante, y vi que no se había hecho ninguna función teatral que hablase sobre esto. Me dirigí a la Asociación 26 de Diciembre, de Madrid, con transexuales de la tercera edad, y fue tristísimo, porque nos dijeron que había muy poca gente de esa edad porque o se habían suicidado, o se habían casado o los habían matado. También tuve acceso a informes policiales de la época: tremendos, pues todas las muertes constan como suicidios. De ahí nació la necesidad de contar sus historias.

-Lo presenta desde la ternura, pero en el fondo es desgarrador.

-Si, pero quise darle un final de empoderamiento, no que terminase en una cuneta descuartizada. Quise darle una cierta luz.

-Esencial el trabajo de Nacho para plasmar esa evolución.

-Si, pero también hay una dramaturgia muy afinada y una puesta en escena que ayuda mucho. Nacho hace un recorrido muy jugoso y tiene al lado a Kike Guasa, uno de los actores más dúctiles de su generación. De hecho, han estado nominados los dos a mejor actor en los premios Max.

-Primera vez que recalarán en Galicia, pero tienen recorrido.

-Pues no demasiado. Me he encontrado con la sorpresa de que los programadores de los teatros dicen que no la quieren, porque aseguran que es un tema muy conflictivo. No es jiji jaja y, además, hay un desnudo. Pero es un desnudo casi de morgue, de quirófano, pues tiene que ver con el Hombre de Vitrubio de Da Vinci. No sé por qué da tanto miedo un cuerpo a día de hoy. Sin embargo, allá donde vamos se llenan los teatros: algo querrá decir.

Me habría encantado que se representase en los colegios, esa era mi gran ambición. Y también me habría gustado hacerla en Barcelona, porque toda la acción transcurre allí. Muchos dicen que hay que dejar a los muertos en paz. Yo digo que no, que se les dejará en paz cuando cada uno tenga una fosa propia, con un nombre y una familia que le pueda llorar. Quizá entonces se pueda pasar página.

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