Las lápidas permiten rescatar del olvido a dos corcubioneses

GALICIA OSCURA, FINISTERRE VIVO | Antonio Verea, teniente de la Guardia Civil, y Ramiro González, empresario, fallecieron en 1939


Los camposantos son territorios en los que se detiene el tiempo. Y los panteones y las estelas funerarias son para que los difuntos permanezcan en la memoria de la colectividad, y que reflejen, expliquen y hablen sobre la vida y sobre sus vidas. Precisamente, las lápidas que aparecen en esta imagen se encuentran arrinconadas, escondidas y en la penumbra en el cementerio de Corcubión, sacadas de su sitio original, y desapercibidas para la mayoría de los visitantes, toda una diáfana metáfora de como desaparece la memoria de los antiguos habitantes de la villa.

Hasta el día en que las vi este verano, casi nada sabía de los nombres grabados en ellas, ni de sus vidas ni de sus anhelos ni de sus escozores y desengaños. No conozco el caso concreto de los panteones en los que estuvieron los restos de Antonio Verea Vilariño o de Ramiro González Lorenzo, fallecidos ambos en un plazo temporal de ocho días en 1939, pero seguramente que con el transcurso del tiempo desaparecieron sus familiares y nadie quedó para mantener la propiedad, cuidarla, adecentarla y pagar al Concello los impuestos o tasas correspondientes, o sus familias traspasaron la propiedad a otros titulares, una realidad que realmente desconozco.

Es evidente que la historia de cada hombre es infinita, pero pocos son los que dejan huellas suficientes en el camino para seguirlas y construir su biografía. El teniente retirado de la Guardia Civil Antonio Verea Vilariño, nacido en Mesía, estuvo casado con Prudencia Canosa Rodríguez, oriunda de A Ponte do Porto, y tuvieron dos hijas: Sara y Amadora. Y como sargento de la Benemérita ya estaba destinado en Corcubión en 1912, fecha en la que tenía bajo sus órdenes al en aquel entonces guardia civil Rodrigo Santos Otero, el mismo que en julio de 1936, ya como teniente y jefe del puesto de Corcubión, se sumó a los militares sublevados y diseñó una tupida telaraña de mentiras y testigos falsos para llevar a Pepe Miñones al paredón de fusilamiento.

Después de ejercer muchos años la tarea de lidiar con los demás, en diciembre de 1917, Antonio Verea Vilariño figuraba como retirado de guerra, mes en el que fue ascendido a segundo teniente de la Guardia Civil, poseyendo en 1920 un comercio en el que también vendía la revista Nerio fundada por Pepe Miñones. Sara Verea Canosa, su hija, el 21 de julio de 1924 se casó con Joaquín de Juan y Casas, un médico de León, en una ceremonia en la que ejerció Antonio Verea de padrino y Manolo Miñones Bernárdez, médico, de testigo.

Delegado militar

Pasados los años, y cuando sus ilusiones estaban más que perdidas, por su condición de Guardia Civil retirado, Antonio Verea fue designado por los militares sublevados contra la Segunda República delegado de la Autoridad Militar en Corcubión en octubre de 1936, participando en diciembre con alguna donación de pequeña cuantía a favor del ejército franquista. Y poco duró más. El teniente Antonio Verea Vilariño falleció a los 72 años en la villa de San Marcos el 27 de marzo de 1939, solo cuatro días antes de que Francisco Franco proclamase la victoria y comenzase la larga posguerra de represión y hambre, desapareciendo con él de Corcubión el apellido Verea. Sara, su hija, maestra, falleció a los 85 años el 17 de enero de 1986 en Marzoa (Oroso).

Un empresario importante

Por su parte, Ramiro González Lorenzo, cuyo nombre aparece en la otra lápida, más oscurecida, descuidada y sucia, estuvo casado con la corcubionesa Juliana Lastres Carrera, un matrimonio que no dejó descendencia. Residió desde finales del siglo XIX y principios del XX en la villa de San Marcos. Entre los años 1904/1907 y hasta 1913 este matrimonio prohijó a la niña Maruja Mallo -nacida en 1902-, hija de Pilar, una hermana de Ramiro González, que vivía en Viveiro (Lugo), niña que destacó más tarde en el arte de la pintura.

Ramiro, en 1923 aún residía en Corcubión, pero con numerosos intereses empresariales en A Coruña. Con frecuencia se trasladaba largas temporadas a la capital provincial para atender sus importantes negocios. Y en la década de 1920, convertido en un hombre con múltiples actividades: armador de barcos pesqueros, consignatario de buques con oficina en la céntrica calle Compostela 6; agente de vapores y propietario de un importante depósito de carbones nacionales y extranjeros establecido en el muelle del Este, con un movimento anual de más de 20.000 toneladas de carbón asturiano y otras tantas de combustible inglés, fue propietario igualmente de un muy renombrado almacén de carbones, La Central, con despacho en Orzán, 178, con servicio a domicilio en la ciudad. Con todos estos negocios marchando viento en popa, en 1926 solicitó instalar dos depósitos flotantes en Corcubión para suministrar carbón a buques extranjeros, solicitud aprobada en junio de dicho año. El pontón Monkbarns, que adquirió a la empresa propietaria de la Ballenera de Caneliñas, fue trasladado al fondeadero de Corcubión en 1927. La crónica de la revista Alborada de mayo de 1927 sobre este suceso cuenta: «Una tanda de bombas de doble palenque anunciaron que anclaba en la bahía una fragata de tres palos, destinada a pontón de la nueva empresa de don Ramiro González y Cía., entre cuyos socios se dice que forman parte la “Factoría ballenera de Caneliñas...»

Pero no todo fueron alegrías en su vida empresarial. El 21 de febrero de 1928 naufragó en las islas de San Pedro el pequeño vapor pesquero Marcial, de su propiedad, y fallecieron cinco de los diez tripulantes cuando regresaba a Coruña con su pareja, el Pereira, de pescar en la zona de Fisterra; y el 28 de abril de 1930 otro de sus barcos pesqueros, el Mariucha, también naufragó y fallecieron siete de sus diez tripulantes cuando regresaba de las proximidades de la Estaca de Vares hacia A Coruña. Y llegó la guerra civil, y el 8 de febrero de 1938, y a pesar de su relación con altos dirigentes falangistas, o quizás por eso mismo, fue multado con 5.000 pesetas por el Gobernador Civil, Victoriano Suances y Suances, por su «ostensible falta de patriotismo y de intolerable desconfianza en la rectitud y austeridad de la Justicia del Nuevo Estado ... cuya condición social aumenta su desaprensible proceder».

Castillo del Cardenal

El 20 de diciembre de 1938 Ramiro González asistió y actuó de testigo en la boda de subjefe provincial de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, y director del Sanatorio Antituberculoso de Santiago, Manuel López Sendón, celebrada en la iglesia coruñesa de Santa Lucía con la ceense Dorecha Lastres García. Manuel López Sendón fue más tarde vicepresidente de la Diputación, la propietaria del Castillo del Cardenal, que él adquirió a dicha Diputación.

Ramiro González Lorenzo falleció tres meses y medio después de asistir a esta boda, el 3 de abril de 1939 en A Coruña, ocho días después de ser enterrado Antonio Verea Vilariño.

En fin, una breve memoria que los salva, en parte, del rincón del olvido. Con la desaparición de las lápidas de Antonio Verea Vilariño y Ramiro González Lorenzo, como las de muchísimos otros, se cumple el dicho de que más allá de la muerte solamente está el silencio perfecto: el olvido.

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