La vulnerabilidad del patrimonio sumergido queda al descubierto

Un experimento del profesor Martín Bueno llama a valorizar los pecios de la comarca


cee / la voz

«Ya sabíamos lo que iba a pasar, pero queríamos documentar el proceso de destrucción porque resulta muy ilustrativo», explica el catedrático de Arqueología, Epigrafía y Numismática de la Universidad de Zaragoza, Manuel Martín-Bueno, que, con un más que simple experimento, ha vuelto a poner sobre la mesa la enorme vulnerabilidad del ingente patrimonio subacuático que alberga el litoral de la Costa da Morte y que clama por estudio y valorización.

Lo que hizo el profesor, a cargo de la primera expedición científica de arqueología submarina que se llevó a cabo en Galicia, en 1987, la del Galeón San Jerónimo, perteneciente a la flota de Martín Padilla y hundido en la ría de Corcubión el 28 de octubre de 1595, fue someter una pieza de aquella campaña a una sencilla prueba. Él y su equipo, en el que incluso hay alumnos realizando trabajos de fin de máster sobre conservación de materiales, depositaron un proyectil, concretamente una bola de cañón de 18 libras en un recipiente accesible para poder fotografiarlo cada mes. La pieza, la más común en la artillería naval de la época, había sido extraída del yacimiento del San Jerónimo, sometida a un desalado corto en agua dulce y dejada secar sin más a temperatura ambiente. El resultado, al cabo de 15 meses de observación fue que «hoy simplemente no existe en su forma corpórea», quedó, de hecho, convertida en «un saquito de óxido de hierro».

La pieza en sí no tenía más interés -a alguien de la talla de Martín-Bueno jamás se le ocurriría dejar que se destruyese algo único o escaso-, pero encierra para él una importante enseñanza: «Quienes tengan la tentación de extraer por las buenas (sin control arqueológico) cualquier pieza de metal férrico del mar se expone a estos riesgos, lo que se extiende a aquellos depósitos museísticos o administrativos, que no cuentan con los laboratorios preceptivos para poder tratarlos», advierte el profesor, con lo que pone el acento en la situación en la que se encuentran los centenares de barcos hundidos de épocas muy distintas, que yacen en el fondo del mar de la Costa da Morte. De hecho, asegura que pone ahora esto de relieve porque el verano es una época muy propicia para que buceadores aficionados se acerquen a estos yacimientos, más a raíz de la repercusión que está teniendo la intervención dirigida por Miguel San Claudio, otro gran conocedor de los pecios de la comarca y amigo de Martín-Bueno, en el San Giacomo di Galizia, en Ribadeo.

«Aquella campaña, Finisterrae 87, la primera campaña arqueológica regulada y debidamente programada que se hizo en Galicia, fue el inicio de lo que hoy puede ser ya una realidad importante, pero el camino solo acaba de empezar. La financiación e instalaciones adecuadas es imprescindible y en eso se ha andado poco camino. Quién tiene las competencias debe espabilar de una vez y la sociedad civil presionar para que se haga», afirma Martín-Bueno, muy ligado familiarmente a Galicia y conocedor de la riqueza que, en arqueología subacuática tiene la Costa da Morte.

De hecho, asegura que tanto él como el resto de personas preocupadas durante muchos años por este patrimonio, por que se conozca y sea un valor económico y cultural para la comarca, están hartos de «darse cabezazos contra molinos de viento».

Ninguna de las iniciativas al respecto, como una de las más recientes e interesantes, la pretendida por San Claudio para el Museo Marítimo Seno de Corcubión, ha salido adelante. Ni siquiera las apuestas digitales, como la que presentó la Xunta con el Concello de Fisterra hace unos años, han tenido la repercusión que se esperaba y lo más parecido a un museo de este tipo que hay en la zona es el de la Pesca de Fisterra.

Los restos del San Jerónimo, hundido en Corcubión, aún hoy dan clases de historia naval

Los yacimientos subacuáticos, y particularmente el del San Jerónimo, porque fue y sigue siendo estudiado, son un libro abierto de historia. Bastan cinco minutos de charla con Martín-Bueno para entenderlo. Por ejemplo, esa munición de 18 libras, junto a otros restos, como las monedas, hablan del tipo de cañones y de los barcos que la empleaban, pero también del nivel de organización. «Cuando el San Jerónimo intenta ir a Inglaterra estaba tripulado por mediterráneos, flamencos, vascos, cántabros, portugueses... cabe imaginar lo que sería aquello. Fue en tiempos de Felipe II cuando se organiza la Armada y se pone a bordo de cada barco un funcionario habilitado, lo que hoy sería el logístico, porque era necesario llevar todo organizado», dice el profesor, quien incide que de ahí vienen expresiones como «gastar la pólvora del rey en salvas», que era lo que hacían los barcos que no habían entrado en combate para justificar su actuación, con cañonazos sin un blanco.

Oro hundido

El San Jerónimo y el resto de los centenares de pecios que jalonan la Costa da Morte son un auténtico tesoro, y no precisamente en cuanto al valor de sus materiales, sino porque a través de ellos se puede reconstruir el paso de la historia frente a la costas de la comarca. El trato que reciben, en medio de la desidia institucional y social, constituye un despilfarro solo a la altura de oro dilapidado durante siglos en las guerras más estériles.

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