Melón en San Xoán


Cada San Xoán parece un melón, no sabes cómo va a ser hasta que lo abres. Algunos de los mejores y peores momentos de mi vida han sido en un San Xoán. El año pasado estaba sentado en una roca con Mercedes, en Area Secada sonaba un viejo rocanrol y notaba que todas las bodegas de Europa se me abrían en el corazón. En aquel instante, alegre de estar ahí, pensaba: «¡Qué bien que Sylvester Stallone sea millonario, sin duda lo merece!».

Cuanto más feliz me sentía, más incómoda se me hacía la roca donde estaba sentado. La miré como si pudiera reprocharle algo, aquella piedra estaba compuesta de las mismas partículas elementales y sujeta a las mismas leyes físicas que yo, sin embargo posaba mi pompis sobre ella y me indignaba. Así empiezan mis naufragios. «Malamente. Tra, tra». Dejo de hablar, aprieto fuerte la servilleta de papel del bolsillo donde llevo escritos todos mis fracasos y me pongo triste por estar sentado en una roca. Me pasa hasta con las sillas. Me callo, me hundo en mí y me convierto en melón.

Entonces Mercedes, que en ese momento era Mer, me dio un abrazo pequeño, imperceptible. Los mejores abrazos te hacen presentir la muerte, te muestran el abismo que se abre bajo tus pies y te rescatan al empezar a caer, en el último momento, con el bíceps férreo de Stallone que sabes que no fallará. Al salvarme, la servilleta cayó al vacío. Volverá, pero no esa noche.

Y así el Chico-Melón y la Chica-Rambo se quedaron mirando las estrellas, con sus ayeres en la mano y piedras en las cachas, entrelazados como una hoguera y un extintor que se dan las gracias.

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