«Pasé de las 'patacas ao legón' y el 'esterco ao cavaduiro' a Buenos Aires»

Personas con historia | La vimiancesa Carmen Miñones cuenta sus peripecias en la emigración con una vitalidad y un sentido del humor que no delatan su edad


cee / la voz

Los años transcurridos y la fuerza de la costumbre le llevan al castellano, pero cuando se refiere a su infancia o al inicio de su juventud en Torelo (Salto-Vimianzo) enseguida le sale el gallego de sus raíces, a las que volvió estos días desde Buenos Aires, donde lleva instalada desde 1949. Como ella misma explica y bromea, pasó de «conducir el carro das vacas, de plantar las patacas ao legón y de sacar el esterco ao cavaduiro, porque todo se hacía a mano a una gran ciudad como Buenos Aires».

La historia de Carmen Miñones Suárez, que en agosto cumplirá 90 años es la de tantos jóvenes gallegos de la posguerra, que escaparon hacia Sudamérica de la escasez material más absoluta. «A nosotros de comer nunca nos faltó, porque en una casa de campo de lo imprescindible siempre hay, pero mi padre iba a Casa Sabano traía una pieza de tela y con la misma nos hacían la blusa, la camisa, la bombacha...», relata Carmen, que, aunque tuvo que trabajar y vivió momentos duros, como ahora que ha venido para visitar a una hermana gravemente enferma, para nada se queja de su vida. Más que nada porque está encantada con sus hijos Carlos, que es el presidente de la ABC del Partido de Corcubión, y Silvia, que la llevan de la mano en este viaje. «Salí de Argentina con 20 euros, ¿crees que me alcanzarán?», bromea la casi nonagenaria, para dar a entender que los suyos no dejan que tengan que preocuparse de nada. «Y eso es mucho más importante que tener toda la plata del mundo», sentencia.

Su peripecia americana, que acabó convirtiéndose en su vida y la de su familia, arrancó con 20 años y un viaje de «16 días en barco», un medio de transporte que, por su puesto, ni conocía, pero del que tampoco guarda mal recuerdo. «No me mareé nada, así que muy bien», dice. Iba con una tía materna, porque otro tío suyo le hizo el reclamo, que es como se conocían las solicitudes para poder emigrar en aquella España franquista. Recién llegada se puso a trabajar en la fábrica de Geniol, unas pastillas equivalentes a la Aspirina de aquí, y estuvo 5 años hasta que se casó. Sin embargo, sus anécdotas más vivas y simpáticas -hace gala de un sentido del humor y una coquetería que para nada delata su edad- las guarda del trabajo que tenía por las tardes. «Una señora alemana, que era emigrante como yo, necesitaba alguien para la casa y yo iba a ganar unos pesos, desde las tres hasta las seis o las siete. Ni yo la entendía a ella ni ella a mi. Me dejaba una nota para que pasease al perro, pero como estábamos en un barrio popular, en Belgrano, en el que había muchos paisanos de aquí, a mí me daba mucha vergüenza. No quería que dijesen: ‘mira la hija de Ezequiel paseando perros en Argentina’. Así que los subía a la terraza para que hiciese sus necesidades», recuerda con una sonrisa traviesa.

Por supuesto, a nadie en el Vimianzo de los años 40 se le pasaba por la cabeza pasear a un perro. Eran esos contrastes de la vida rural, que conocía Carmen, con la de una metrópolis como la capital Argentina. El mismo choque que el de su hija Silvia, que tenía nueve años la primera vez que regresaron a Vimianzo y ella venía sin contacto alguno con el campo. «Le pegaba a los gallos porque se subían encima de las gallinas, le picoteaban la cabeza y la gallina se quedaba tan pancha», ríe Carmen a carcajadas al recordarlo.

Aquella vuelta a la tierra, con su marido y sus hijos, «no fue un lujo, fue una necesidad», destaca, porque era ya 1966 y hacía nada menos que 17 años que no veía a sus padres, con todo lo que eso significa. «Siempre extrañé mucho, pero no lo pasé mal, porque nunca me faltó un peso o un pedazo de pan que llevarme a la boca», cuenta, ya en un tono mucho más emotivo, la mujer, que vio pasar a Argentina por todos los avatares de su historia reciente. «Una diputada que vino al club [así llama a la ABC], creo que fue en el 2001, dijo unas palabras que recordaré siempre: ‘Donde hay tierra no puede haber hambre’. En la Argentina hay tierra y es cierto que a nuestros gobernantes se les escapó del costado y se les pegó a la mano [una expresión para referirse al saqueo político del Estado], pero hay que trabajar, no hay otra. No se puede vivir de las ayudas sociales por no levantarse de la cama», incide.

No fue su caso, ni el de su marido, natural de Xora, también en Vimianzo y fallecido hace siete años. Un amor que le llegó a través del lugar donde él llevaba a lavar la ropa, pero que, en cierta medida venía de un interés anterior. «Yo no lo conocía, me llevaba casi ocho años, pero él a mi decía que sí. Mi abuela materna era de Tines y yo quería ir al baile, pero claro, con 10 años que tendría, me llevaba cogida de la mano. Él decía que me veía y que parecía una tontita, una marmotita agarrada de la mano. Y ahora ya ves, son los hijos los que no me sueltan de la mano», vuelve a bromear Carmen, ante la sonrisa cómplice de Carlos y Silvia.

Su matrimonio y su familia son el resultado de una vida de esfuerzo, pero también muy feliz. «Yo no me tomé vacaciones hasta que pudimos comprar una casita, un sitio para vivir», recuerda, cuando se refiere a las que tienen que pasar, por norma general, los emigrantes en todas las partes del mundo. En su caso no tiene malas experiencias. «Te podían decir ‘la gallega’ o que ibas todos los días con la misma ropa, pero en general muy bien. Desde que tuve la cédula de identidad ya me dieron trabajo. Ahora allá están llegando los venezolanos y también se les presta mucha atención, también porque, normalmente, son gente más preparada que la viene de otros sitios de Sudamérica, concluye la vimiancesa-argentina.

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