Lo de las Urgencias es muy urgente


Un bebé con fiebre, un anciano con retención de orina, una ama de casa con neumonía, una joven con un ataque de ansiedad y mucho virus de flotando en el aire y pululando en el interior de un buen puñado de personas de ojos llorosos y febriles, destempladas y, sobre todo, muy cansadas de mantener su malestar y sus dolencias sobre la dura madera de las sillas que el Sergas ha colocado en todas las salas de espera para hacer incluso más difícil las largas esperas de los que sufren. Probablemente piensan los gestores que el que está realmente mal está dispuesto a soportar esos potros de tortura. Así, los asientos se han convertido en un sistema de triaje mucho más barato y eficiente.

Algunos abandonamos la sala de espera del servicio del PAC de Carballo tras tres horas de espera en la que no se movió absolutamente nada. No entraron ni salieron pacientes. Había que elegir entre contraer alguna enfermedad infecciosa en el interior de la insalubre habitación donde todos respirábamos el mismo aire, irse al Chuac o a casa y resistir hasta la mañana.

En eso se ha convertido la medicina pública, en un ejercicio de resistencia. En las urgencias y también en las consultas y las pruebas. Diez meses para una consulta tras la extracción de todo el aparato urinario y un riñón como consecuencia de un cáncer parece una espera excesiva.

Pero volvamos a ayer. A esa sala de espera atestada y a esa atención vergonzosa e inexplicable. Con un solo médico de urgencias para toda la comarca de Bergantiños, una enfermera y un celador-administrativo con tanta empatía y atención como la silla sobre la que estaba sentado.

Y pasó lo que tenía que pasar. El padre del bebé que llevaba allí ya cuatro horas, que todavía iba con la ropa llena de tierra porque o había dejado el trabajo o no le había dado tiempo a cambiarse al dejar la jornada, reclamó atención. Levantó la voz, con educación, pero con el hartazgo del que lleva horas en pie y la preocupación del que ve que su niña no está bien y a nadie parece importarle lo más mínimo. Entonces sí se movieron algo las cosas. El administrativo-celador levantó el culo de su silla, más sensible que él, e hizo pasar al anciano. Además, explicó que solo había un médico. Debió, en algún momento, haber dos, pero uno se marchó con un infartado que, por cierto, salía a gritos en camilla por en medio de la gente que no ya no tenía donde meterse.

Pongamos que eran dos, pongamos que tienen contratos basura, pongamos que había una o dos enfermeras... Pongamos que son profesionales dedicados y sensibles, ahogados por las circunstancias. Para más de 40.000 personas no son suficientes dos médicos. Por mejores que sean.

Por crÓNICA CIUDADANA

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