«Moncho dicía: 'Bota a xente á barra', e eu pinchaba 15 minutos de lentas»

Personas con historia | José Antonio Ramos Díaz | Pasó por las 5 discotecas Dudas que llegó a haber en Galicia, empezando por la de Baio, donde estuvo más tiempo, pero trabajó en muchas otras


Carballo / la voz

Tendría 16 años cuando empezó ayudando a Lolo Lodeiro en la cabina de A Revolta, pero donde hizo carrera fue en Baio, primero en la Noa Noa y después en la Dudas, donde se convirtió en el disyóquey de cabecera de lo que parecía un emporio en expansión, con salas en otras cuatro localidades gallegas. Por todas ellas pasó José Antonio Ramos Díaz, que nació en una tahona de la Gran Vía de Carballo, hoy cerrada, y que dividió su vida entre el horno y la mesa de mezclas, su especialidad.

«Nunca tiven facilidade de palabra, gustábame a música e facer ruído, pero o de falar non era o meu. Os programas de Antena 3, na avenida Bergantiños, eran un desastre. E todo era porque non sei falar castelán e nas discotecas, daquela, non querían que falaras galego e eu acababa mesturando todo», reconoce.

A pesar de eso, a la Dudas iba todo el mundo, por el ambiente, pero, sobre todo, por la música. Poca gente era entonces capaz ver el enlace entre Hombres G y Dire Straits, pero «combinan moi ben». Nunca repitió un disco en la misma noche, a pesar de que hasta la cabina se acercaban muchas chicas a pedir determinadas canciones que ya había pinchado. En temas de música, Ramos Díaz era todo un profesional y no admitía bajar el listón. De hecho se impuso al empresario que le contrató, Moncho Vieites. «Cando tes 27 anos e moitos cartos a cabeza ten moitas saídas», dice José Antonio. No escatimó en gastos a la hora de montar la que sería su primera discoteca, sobre todo en materia de sonido. El disyóquey estaba encantado, pero había que establecer el tipo de música. «“Queres melenudos, heavies, porreiros ou modernos de verde fosforito e laranxa?”, pregunteille a Moncho. “Quero rapazas novas”, dixo», recuerda José Antonio. Fue entonces cuando se hizo con el control de los temas que iban a hacer de la Dudas la discoteca más visitada de la Costa da Morte. «Tiña un aforo de 400 persoas, pero alí entraban mil tranquilamente», explica. Además, había un ciclo de canciones muy controlado. «Moncho dicía: “Bota a xente á barra” e eu pinchaba 15 minutos de lentas. Suaban e faciámolos beber. Tiñamos controlada a rotación da pista e da barra», explica.

Al principio no fue nada fácil: José Antonio, que vivía en Carballo, no tenía ni edad para sacarse el carné de conducir, por lo que iba a Baio en autobús. «Collía o das cinco da tarde e para volver tiña que esperar ata as seis da mañá, o dos obreiros. Teño pasado horas sentado na porta da zapatería Paco cunha funda de disco de Lou Reed ou de Dire Straits no cu para evitar o frío. Ás veces estaba tan canso que o perdía, e tiña que agardar ata as sete. Daquela non había nin un farol por alí», recuerda.

Vinieron tiempos mejores, con viajes a Madrid para comprar aparatos de sonido, pero también muchas despedidas. Uno a uno va recordando compañeros que fueron muriendo, muchos de ellos en accidentes.

Sin embargo, a José Antonio Ramos la noche no le confundió demasiado. «Non fun de moito beber porque non me caía ben no estómago», pero reconoce que cuando en una discoteca de Ordes le dijeron que no podía tomar ni un gin-tonic dimitió enseguida. Tampoco le tiraron las drogas. «Coñecía o de Zappa e Santana e eu xa dependía da moza e da música, non quería depender de nada máis», reconoce.

«Pasei de traballar de 10 da noite a 4 da mañá a empezar ás 4 da mañá para acabar ás 10»

Volvió a la panadería familiar con 28 años. Era el pequeño, el que se quedó en casa. «Meus irmáns marcharon e miña nai facíame ir ao forno, porque traballaba as fins de semana e, aínda que gañaba máis ca ninguén, non lle parecía que fixese nada», recuerda. Hoy lamenta haber dejado la música y la echa mucho de menos, tanto que tiene una mesa de mezclas en casa y no puede evitar dedicarle todos los ratos que tiene libres.

Durante años estuvo llevando el establecimiento de la Gran Vía. Entonces pasó de trabajar de las diez de la noche a las cuatro de la madrugada para dar la vuelta al horario, levantándose a la hora que salía de la discoteca.

Sesenta años tenía el horno que puso en marcha su padre, Manuel Ramos Ferreiro, que falleció con solo 47 años, dejando a su esposa con 5 hijos, el mayor de 9 años y el menor de solo unos meses.

El edificio del horno nunca fue de la familia y la nueva normativa sobre la renta antigua provocaron el cierre. El traslado a Ponte da Pedra tampoco dio resultado por problemas con el dueño del local y la comunidad de vecinos.

No entiende el poco apoyo que recibe el pequeño comercio, sobre todo cuando se trata de una panadería artesana, una actividad que cree que se debería salvaguardar en Carballo. Ahora está en fase de liquidación del negocio, sin saber muy bien qué hacer con toda la maquinaria que tiene.

Quizá para consolarse, recuerda como si fuera hoy esos años en la Dudas, con la discoteca a reventar. Asegura que no ligó demasiado, que era muy parado con las mujeres, algo que le echaban en casa sus compañeros. Oportunidades tuvo, dice él.

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