«En Senegal non había neveiras e tiñamos que beber a auga a 30 graos»

Personas con historia | «Pola rúa moitos nenos berrábannos "Toubab!", que significa "branco", e as familias mirábannos dende as portas das casas», cuenta la cooperante Leticia Sendón Romero, de Muxía


Carballo / la voz

«Aquí todos ides caer, nun momento ou noutro». Ese fue el recibimiento con el que se topó Leticia cuando aterrizó en Senegal el año pasado. No bebió agua del grifo, ni de las fuentes públicas, y aun así acabó con diarreas y vomitonas como los demás. Lo achaca a unas pastillas contra la malaria que suelen recetar a los viajeros y que causan fuertes efectos secundarios. «En canto as deixamos, bebemos auga en condicións e limpamos o corpo estabamos coma novos», dice.

Pero mejor empecemos por el principio.

Leticia Sendón Romero tiene 20 años y es natural de Xurarantes, en la parroquia muxiana de Moraime. Se crio en una familia humilde, rural, «na que nunca se viaxou demasiado, nin máis aló de España», confiesa. Sin embargo, para ella siempre fue una asignatura pendiente: «Encántame viaxar, pero non son das que se meten nun hotel e o observan todo dende fóra. O que quero é levarme xente, coñecer as persoas dese lugar e poder seguir mantendo esas amizades cando me vaia», relata. Y una de las mejores formas para lograrlo, y más aún a esas edades, es a través del voluntariado.

De la mano de Iniciative Asociation tuvo su primera experiencia en la cordillera del Atlas, con cuatro jóvenes que, por su cuenta, y desde la localidad de Errachidia, ayudan a la escolarización de los niños de la zona, que comienza a los siete años. «Durante todo o ano ofrecen apoio escolar e impulsan unha especie de escoliña infantil para eses nenos que aínda non teñen sete anos. Nos veráns, soben ás montañas [sen escolarizar] e fan campamentos para os rapaces. Aí foi onde participei eu», cuenta la joven de Muxía, que ayudaba en la monitorización de actividades de tiempo libre para niños de 3 a 6 años (había unos 150 en total en todo el campamento).

Además, y dado que hacían estos campamentos en edificios en ruinas y completamente abandonados, «tamén tiñamos que facer traballos de restauración, reparar mobles...», narra Leticia.

Sus dos experiencias en el país del norte del continente africano las vivió de forma muy cercana y casera, quedándose en el domicilio de una familia de la localidad. Senegal fue un mundo aparte. Hasta allí llegó a través del proyecto Hahatay, una entidad sin ánimo de lucro.

«Levei experiencias positivas de ambos os lados. Quizais a nivel cultural quedaría con Senegal, porque é todo moito máis vivo e alegre, pero ao mesmo tempo foi moito máis dura», explica la joven, que completó una estancia de un mes en un campamento de voluntarios sin neveras y con carencias a nivel de alimentación, sobre todo.

«O que peor levei foi ter que beber a auga sempre quente, a uns 30 graos. Bebías e bebías pero non che mataba a sede», dice, aunque tampoco fue fácil hacerse a las costumbres gastronómicas: «A mediodía comiamos sempre o mesmo prato, thieboudienne, que é un arroz picante que, aínda que aceitoso, está boísimo. Que pasa? Que o comes un día, outro, outro, e así cada día, e acabas moi asqueado. Nos últimos días acabei alimentándome de froita».

He ahí el primero de los contrastes sociales y culturales con los que se topó en la localidad en la que estuvo como cooperante: «O feito de que comer, para eles, non é un momento de pracer, senón o simple feito de levar o bocado á boca. Na zona na que eu estiven hai miseria, pero non apreciei desnutrición: hai comida, pero non hai demasiada variedade. De feito, moita xente acaba padecendo diabetes e enfermidades derivadas do pouco equilibrada que é a súa dieta, de comer o mesmo prato -e ademais bastante picante e forte- unha e outra vez».

«Toubab!»

En Marruecos era una más. Los locales estaban tan habituados a los jóvenes de la asociación, que trabajaban allí todo el año, que Leticia pasó desapercibida, como el resto de los voluntarios. En Senegal, sin embargo, a menudo se topó con miradas curiosas y cuchicheos: «Sorprendíalles moito a nosa presenza. Iamos pola rúa e algúns nenos berraban ‘‘Toubab, toubab!’’, que significa ‘branco’, e vías ao resto da familia mirándonos dende as portas das casas». Concluye que Marruecos, sin duda, «está moito máis occidentalizado, en todos os sentidos».

Este verano tiene pensado volver, aunque con una estancia más corta y solamente de visita. Quiere ahorrar algo de dinero para poder hacer el año que viene un gran viaje por Asia. Coincidirá con el final de sus estudios, con lo que quiere que sea, cuanto menos, memorable. Su deseo es hacer una ruta por varios países, así que se pondrá en contacto con asociaciones que trabajen por la zona -como hizo en África- para replicar esas experiencias tan positivas. No sabe, todavía, si viajará sola -«a ver se convenzo a uns compañeiros», dice- aunque tiene clara una cosa: «Un cooperante nunca está só. Quizais unicamente no momento de coller un avión ou un autobús, pero despois, unha vez no terreo, formamos todos unha gran familia».

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«En Senegal non había neveiras e tiñamos que beber a auga a 30 graos»