Una operación judicial convertida en esperpento


La operación Orquesta se quedó sin concierto. Los instrumentos estaban tan desafinados que no llegaron a sonar. Con el paso de los años, casi dos lustros, no pasó de un esperpento judicial. Lo que se había presentado como la trama municipal más corrupta de Occidente, en la Costa da Morte, espacio que desde fuera era fácil de presentar como lugar atrasado donde cuatro alcaldes trasegaban dinero público en sobres como si estampas se tratase, quedó en farsa que otros tantos abogados avispados echaron por tierra a las primeras de cambio. Luego vinieron otros casos por territorio español donde sí se ve que trincaban dinero de verdad, a maletas llenas, cantidades muy estimables que convertían el dinero de las fiestas en cuatro calderillas, en limosnas para los santos. 

Calabozos. Visto lo visto, fue todo una exageración: las fuerzas de seguridad tomando los pueblos como si una pandilla de bandidos estuviese a punto de protagonizar una desgracia, y tres alcaldes y varios ediles durmiendo en el calabozo como vulgares atracadores o la retransmisión casi en directo por televisión del registro de algún auto. Y otros mandatarios, con la mandíbula batiendo por el nerviosismo y una muda limpia, como escondidos detrás de las puertas de las alcaldías temiendo que la Justicia también llamase a sus puertas. Varios funcionarios aterrados con imputaciones por simplemente tratar de ser complacientes con sus regidores. Ya nada ha vuelto a ser igual. Las relaciones entre secretarios e interventores con los alcaldes ya no son las mismas.

Naufragio judicial. Y todo se quedó en nada. Quedó invalidado desde el principio porque las escuchas telefónicas de las que partieron las diligencias estaban viciadas. Aquellas conversaciones se quedan ahora en comidilla y en papel mojado, literalmente. No solo las intervenciones telefónicas fueron invalidadas. Parte del sumario se deterioró al inundarse el local. Lo que mal empieza, mal acaba. De todos modos, las causas contra los exregidores de Fisterra, Corcubión y Mazaricos se fueron cayendo una a una, con sobreseimientos y absoluciones que ya hacían prever el corto recorrido de la causa correspondiente a Cee, a no ser que la Justicia mirase con unos ojos a unos y con otros, a otro. Al final, la gran orquesta se había quedado en un exiguo grupo de cámara que no llegó ni siquiera a desenfundar sus instrumentos. Moraleja: aun así hay que escarmentar en cabeza ajena, pues los dineros públicos son sagrados. 

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