Dos mil kilómetros para llegar al paraíso

EN PRIMERA PERSONA | Escribe la alemana Dorothea Benze:  «(...) Las amistades que haces aquí son para toda la vida. No quiero estar sin mis amigas gallegas: aventureras, valientes, generosas, con buen humor y ánimo. Nos encontramos con frecuencia en un grupo famoso que se llama Café a las 10. Con ellas descubrí lugares inolvidables en el territorio gallego (...)».


«¿Pero seguro que estamos en España? ¿Y dónde están los toros, las guitarras y el flamenco? Esto parece Irlanda: en vez de toros hay vacas y terneros, en vez de guitarras y flamenco hay gaitas y bailes folclóricos. ¡Adiós a los clichés de España y benvidos a Galicia!». Más o menos así eran nuestros pensamientos cuando llegamos aquí por primera vez en los años 80 del siglo pasado, más de 2.200 kilómetros lejos de Esslingen, en el sur de Alemania, donde vivimos. En esos tiempos no había autopistas y el viaje fue toda una aventura.

Mi marido trabajaba en el sindicato alemán para marineros y pescadores. Hizo contratos para marineros, también para aquellos gallegos que trabajaban en barcos alemanes. Así fue como conoció a alguna gente de aquí que le animaron a visitar Galicia. Y dado que él nunca había estado aquí con los barcos, y yo de azafata de vuelo tampoco, decidimos hacerlo. ¡No sabíamos que esta decisión nos cambiaría la vida!

«Para guardar el sabor de Galicia cuando estamos en Alemania llevo numerosas recetas»

Fue un amor a primera vista. ¿Cómo no enamorarse de este paisaje, esta gente, esta costa y esta comida? Los primeros años pasamos las vacaciones cerca de Porto do Son. Después cambiamos a Calo, en Vimianzo, porque conocimos a un alemán que vivía allí y alquilaba la mitad de su casa en verano. Nunca quisimos ir a otro sitio después de haber encontrado el paraíso aquí.

Pronto fuimos tres en vez de dos, y nuestro hijo nos acompañó. Después de unos años alquilando, nos enseñaron una casa parcialmente en ruinas en una aldea pequeñita del municipio de Laxe, y la compramos en 1995. Con la ayuda de un carpintero alemán y un albañil vimiancés, la arreglamos poco a poco, año tras año. El primero dormimos sobre colchones en el suelo, muy felices. En Alemania vivimos en un piso; la casa de aquí era y todavía es la única casa que tenemos. Nuestro hijo pasaba sus vacaciones aquí, año tras año. Aprendió a surfear, hizo amistades que duran hasta ahora... Disfrutaba aquí de la vida sencilla: encender el fuego en la lareira o la estufa, encontrar a los animales de los vecinos, llevar agua de una fuente... Todo eso a lo que no hay acceso hoy en una Alemania tan moderna.

«Opto por ayudar en la cosecha de los demás para obtener el título de ‘media gallega’»

Y hablando de los vecinos: en nuestra aldea están los mejores. Nos vienen ayudando en casi todo durante los 22 años que hace que tenemos la casa aquí. Unos miran por la vivienda cuando no estamos; otras nos regalan huevos, leche, verduras y hasta gallos de corral; otros nos ayudan con tareas en la finca; otro más corta la hierba de nuestra finca para sus vacas, y mucho más.

Un año intentamos plantar patatas (¡sin patatas no vales para vivir en Galicia!), pero no fue muy bien porque no estuvimos aquí para cuidar las plantas. Ahora opto por ayudar en la cosecha de los demás para obtener el título de «media gallega», que me hace muy orgullosa.

Las amistades que haces aquí son para toda la vida. No quiero estar sin mis amigas gallegas: aventureras, valientes, generosas, con buen humor y ánimo. Nos encontramos con frecuencia en un grupo famoso que se llama «Café a las 10». Con ellas descubrí lugares inolvidables en el territorio gallego como las Islas Cíes u Ons, así como monasterios como Sobrado dos Monxes. Sitios secretos por la costa y en los montes. En primavera y verano siempre llenamos un coche o dos y andamos por el mundo un día. Todavía me cuesta entender todo en gallego, pero así vas aprendiendo poco a poco.

«En nuestra aldea están los mejores vecinos. Nos vienen ayudando en casi todo en estos 22 años»

Para guardar el sabor de Galicia hasta cuando estamos en Alemania, llevo las numerosas recetas que tengo escritas o en la cabeza. Y también llevo patatas. El otro día, en Alemania, hicimos un tipo de caldo y nuestra visita nos preguntó: «¿Pero donde compraste las patatas? ¡Están deliciosas!». Le contesté que hay que ir muy lejos para encontrarlas -más de 2.000 kilómetros-: hay que ir a un paraíso escondido.

Cada vez que salimos de aquí, me duele el corazón ya desde unos cuantos días antes. Ya me siento parte de esta comunidad, y entiendo la morriña que llevan los gallegos que viven fuera de su patria. En el momento de cerrar la puerta, empiezo a contar los días hasta la vuelta.

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