Síntoma, diagnóstico y cura


Leonid Rógozov (1934-2000) se hallaba en 1961 en una expedición en la Antártida. El 29 de abril empezó a tener fiebre, náuseas y dolor en el abdomen. Se autodiagnosticó peritonitis y el día 30, siendo el único médico de la expedición, decidió operarse a sí mismo. Si buscan su nombre en Google verán fotos suyas haciéndose una incisión con la cara de serena magnificencia que yo pondría en el balneario de Mondariz.

Más allá del estoicismo del doctor Rógozov, podemos ver una secuencia de pasos lógica: síntomas, diagnosis y tratamiento, que podríamos aplicar a grosso modo en nuestra vida, no estrictamente desde el punto de vista médico, claro. Puede parecer sencillo, pero interiorizarlo es complicado. En primer lugar porque hay mucha gente incapaz de reconocer los síntomas, en segundo lugar porque no pueden determinar el diagnóstico y en tercer lugar porque desconocen cómo tratarlo.

En esta antártica Finisterrae, inspirado por la flor de fuego y silencio del médico ruso Leonid, voy a hacer un ejercicio de introspección; una rinoplastia espiritual que sirva como ejemplo del párrafo anterior (ojo, hablo metafóricamente, por favor que nadie se haga una cirugía pleural con el cuchillo de cortar el pan).

Síntomas: dudas constantes en mis capacidades, sentimiento de zozobra frente a la falta de aprecio aun en quien poco significa para mí, su frialdad me confirma que no merezco el cariño de esa persona. Diagnóstico: complejo de inferioridad que brota de sentimientos de culpa replegados al fondo del fondo del hipotálamo. Tratamiento: perdonarse a uno mismo.

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