La verdadera Navidad sin farsas


En último término, todo recae en el ser humano, en la persona. Incluso los grandes movimientos y decisiones del mundo, llegando al final del ovillo, son obra de una cabeza y, sobre todo, de un sentimiento. Además del frío de marras, en las últimas semanas habrán escuchado en la calle hablar mucho de la Navidad. En esto semeja que hay dos bandos o incluso alguno más: aquellos que la detestan, aquellos a los que les da igual y solo quieren que pase y aquellos que, con dificultades, siguen tirando del carro para que quien tenga la fortuna de poseer la ilusión pueda seguir conservándola.

Los medios han estado estos días copados de cabalgatas, Papás Noeles y Apalpadores. Algunos ponen de manifiesto que tales asuntos silencian otros de mayor importancia: la sanidad, la educación... esos mismos de los que todos hablan en redes y después, a la hora de la verdad... Bien, esa es otra historia. La Navidad es esa época en la que diarios, radios y televisiones, además de vecinos, padres y otros familiares, se ponen de acuerdo para tomar parte de una u otra forma de una burbuja en la que cada uno tiene su papel. Créanme, quienes escribimos sabemos que los Reyes Magos humanos no pueden ser los mismos en todos los lados, pero tampoco es necesario desvelarlo. La Navidad va más allá de esas comilonas en las que el anfitrión ha de demostrar cuánto tiene o cuánto puede tener. Va más allá de las horas de planes sobre una fiesta de Nochevieja que, finalmente, acaba marcada y aterida por un frío helado. Hasta la naturaleza tiene poder para eso, para dar al traste con los modelos más elegantes: ¡Cuántos pagarían por unos calcetines gordos, unos guantes o una bufanda en la noche de Fin de Año! Incluso la Navidad va más allá también de los regalos por compromiso, de esas carreras para buscar algo a última hora, casi sin importar lo que sea, solo que sea algo. De esto también, hay claro. Si nos quedamos con la Navidad de las personas, yo me quedaría con aquellos magos de verdad que acercaron los Reyes a quienes no los habían visto jamás. Con aquellos que regalaron a abuelos ese juguete que nunca habían podido tener. Con aquellos que, soportando las mismas bajas temperaturas que los que únicamente disfrutaban, se vistieron su uniforme para acompañar carrozas de todo tipo por los lugares más recónditos. Seguramente haya quien no le vea sentido a todo esto, y quien se afane en criticar que se haga. Pero del otro lado, y volvemos al principio, está el ser humano. El que deja de lado su familia para entregarle un momento a la de los demás. La Navidad es un poco ese tiempo en el que todos mentimos, pero en medio de ello hay una gran verdad: la ilusión de quienes reciben y de los que, sin farsas, saben dar.

Por Patricia Blanco CIUDADANA

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