«Foi como celebrar a Carballeira no medio do parque de Zúrich»

FOTOS CON HISTORIA | ¡Vaya viaje el de septiembre del 1991! Badius, que no llegaba al decenio de vida, actuó por media Suiza para los emigrantes gallegos


Carballo / la voz

La foto. 1991. Tras más de un año de preparativos, el 20 de septiembre del 1991 arrancaba hacia Suiza un bus de Autos Facal con cerca de una treintena de miembros del grupo de teatro Badius. Jóvenes, la mayoría, e incluso algún menor de edad. «Tivemos que viaxar con autorizacións dos pais, permisos da Garda Civil... Pensámolo a día de hoxe e, ¡En vaia lío nos metemos!», dice la que por aquel entonces era la secretaria del grupo, Mari Carmen Fernández. Representaron la pieza Taberna sen dono, de Manuel Varela Buxán, una obra que ya habían interpretado años antes, pero que recuperaron para la gira dado que tenía una temática muy acorde a la ocasión.

Los protagonistas. Uno de los grupos de teatro aficionado más consolidados de la comarca, y que veintisiete años después de la gira que les llevó por el país helvético, todavía sacan con acierto las carcajadas del público. Hablan Marco Álvarez, uno de los miembros fundadores y conocido rostro de la ficción audiovisual gallega; Ricardo Vigueret, incansable detrás de escena y Mari Carmen Fernández. Pero otros muchos les acompañaron en el periplo, incluido el actual alcalde de Zas, Manuel Muíño. De la experiencia se quedan con el calor humano, sin duda, y con la posibilidad de hacer una gira internacional sin apenas fondos. «O que nos quedou na memoria non foi a paisaxe, senón a paisanaxe», bromea Álvarez.

Recién inaugurados los noventa, con la Taberna sen dono de Varela Buxán bajo el brazo, con un autobús tuneado para transportar aparatosos decorados, con un montón de chavales amantes del teatro y, sobre todo, con mucha ilusión, viajaban los integrantes del grupo de teatro Badius hasta Suiza para comenzar una gira que les llevaría por cuatro de las principales ciudades del país helvético y haría llorar a más de un gallego morriñento de su terriña.

Gracias a la colaboración de la Federación de Sociedades Galegas na Suíza, así como de los centros gallegos de las ciudades en las que actuaron, y con el incansable tesón de Mari Carmen Fernández (entonces secretaria del grupo) lograron coordinar un viaje de diez días para cuya financiación trabajaron durante meses. No fue fácil la organización previa: «¡A de cartos que gastaríamos en chamadas telefónicas a Suíza!», recuerda Mari Carmen entre risas. Organizaron actuaciones para recaudar dinero durante el verano, vendieron rifas para una cesta, tiraron de ayudas públicas... Juntaron de aquí y de allá para, finalmente, hacer en septiembre del 1991 el que sería uno de los viajes de sus vidas.

Marco Álvarez, uno de los rostros visibles de la agrupación, tenía entonces 21 años y cuando se lo propusieron no se lo pensó dos veces. Para él, «Ricardo [Vigueret], Alberto [Villar] e Mari Carmen foron como os papás» durante el trayecto, aunque tiene claro que, de hacerse hoy en día, no pasarían de la frontera. «Facal adaptou o bus ás nosas necesidades: desatornilláronse parte dos asentos para que collese o decorado arriba. E nós, pois uns iamos tumbados, outros ao revés... [ríe]».

Explica Álvarez que cada actuación (hicieron cuatro en total), fue un auténtico baño de masas, «como celebrar a Carballeira no parque de Zúrich». Mucha emoción entre los asistentes, e incluso algunas lágrimas que vieron desde el escenario. Y es que, aunque la pieza escogida era en su mayor parte una comedia, en algunos momentos ablandaría el corazón a cualquier emigrante. «Especialmente nunha parte na que o protagonista lle di á filla que, ou marchaba ela, ou tiña que emigrar el, porque lles roubaran na taberna», señala Marco.

Compartían la cena posterior a cada función con el centro galego que tocaba a cada ciudad, cantaban el Himno de Galicia y todas esas canciones que tanto recuerdan a la raíz: la Rianxeira, el Miudiño... Todo a viva voz. «E en Suíza o tema de levantar a voz...» rememora Álvarez.

Durante los diez días que pasaron en el país helvético se alojaron en instalaciones militares y hasta en refugios atómicos, que aunque en España puedan parecer singularísimos, lo cierto es que en Suiza son de lo más frecuentes. Tanto, que al volver de una noche de juerga por Zúrich, entre su peculiar pronunciación y que la única referencia de ubicación que habían tomado era el búnker, el taxista no supo llevarles de vuelta y tuvo que remitirles a un colega portugués.

En una de las actuaciones -la primera, de hecho, según recuerda Ricardo Vigueret- se toparon con gente de Baio, lo que hizo la experiencia todavía mucho más bonita. «Había xente que levaba alí moitísimos anos», dice Vigueret, y prácticamente la única vida social que tenían era a través de los centros galegos, por lo que ver a un grupo local presentar una pieza en su idioma era sencillamente «emocionante».

Todos coinciden en que, a día de hoy, sería casi imposible repetir semejante experiencia, pero en el lejano horizonte se imaginan ya jubilados, en el geriátrico vimiancés, y dando la tabarra con su arte sobre las tablas. «É unha broma que temos entre nós [ríe]. Imos tendo ganas de xubilarnos para dedicarlle máis tempo ao teatro», concluye Marco.

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