Rebaños emocionales


Además de para enseñarnos a conjugar el endiabladamente complicado futuro imperfecto de subjuntivo, desde pequeños mamamos la famosa frase: «Adonde fueres, haz lo que vieres». No destaques, no sobresalgas (ni para bien, ni para mal), no pienses diferente, cíñete a la norma, respeta el status quo, no te vistas de forma estrafalaria, compórtate como lo haga el resto de tu grupo, búscate un trabajo normal, no sueñes muy alto, pero tampoco tengas bajas aspiraciones... Me recuerda al argumento de la saga Divergente, de Veronica Roth: Elige bien en qué estamento quieres estar, y limítate a hacer lo que los demás hacen, al más puro estilo de un rebaño de ovejas.

Por eso, cuando algún niño sobresale por sus capacidades, su personalidad o su actitud a la hora de afrontar las cosas, con frecuencia de le tacha de bicho raro. Llegada la adolescencia, ese calificativo se refuerza si prefiere leer un buen libro antes que salir de fiesta hasta el amanecer. Siendo adulto, las decisiones se cuestionan todavía más. Una mujer que no quiere tener hijos: «¡Habrase visto! ¡Semejante disparate!». ¿Y qué si no quiere tener hijos?

La belleza de la sociedad radica en su heterogeneidad. ¡Menudo aburrimiento si no! Docentes y padres juegan un papel primordial desde la infancia, pues han de enseñar a los chavales a pensar por sí mismos y a tener opiniones formadas, a documentarse, e no dejarse guiar por lo que dicte la mayoría, a saber decir que no, pero también que sí. A no obligar a nadie a mezclarse vulgarmente con la multitud solo porque se sienta incómodo por ser diferente.

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