Doctrina


Que en una democracia caben todas las opiniones mientras se defiendan sin violencia es una obviedad que está empezando a dejar de serlo. La censura sibilina de grupos de presión comienza a hacer efecto, y no hay político que se atreva a defender alto y claro, por ejemplo, un debate sobre la segregación de colegios por sexos (como ocurre en Gran Bretaña, por cierto). O a difundir las bondades (¿las tienen o no?) de los alimentos transgénicos. O a asegurar que el mejor pirata somalí es el pirata muerto. Lo políticamente correcto se ha incrustado de tal manera en cada ciudadano que corremos el peligro real de que se estampe en el ADN.

Y como la reflexión inherente al ecosistema democrático se ha refugiado en los armarios, a los centros de la comarca -seamos sinceros: de toda Galicia, con muy desigual penetración- ha vuelto el panfleto ideológico en forma de lucha militante contra la “desigualdad de género”. Y así, se facilitan a los alumnos (y alumnas) auténticos panfletos de adoctrinamiento disfrazados de documentación para investigar algo y redactar un trabajo escolar, bien en el aula, bien en casa.

Y lo que son respetables formas de ver la vida se convierten en verdades académicas. Chicos y chicas, la mujer está discriminada aquí y allá, de manera que hacedme un par de folios que ratifiquen esto. Nada de investigar sin ataduras, no vaya a ser que lleguéis a conclusiones contrarias.

El franquismo también empleaba ese método. Yo mismo hice un trabajo cuyo título venía dado por el profesor: «Por qué los Principios Fundamentales del Movimiento garantizan los derechos de todos los españoles». A ver quién era el guapo que investigaba y decía que no era cierto. ¿Les suena?

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