¿A la huelga?


Hay cosas que es mejor tomárselas en serio. Como las huelgas. Tras la oleada de huelgas -la mayor parte de ellas, muy necesarias- en la Transición, el país parecía entrar en una senda de normalidad de la mano de un gobierno socialista que modernizó España y de dos sindicatos mayoritarios -Comisiones Obreras y UGT- que demostraron una gran madurez y responsabilidad entonces y ahora (lo cual, por cierto, no pueden decir otros que solo buscan el enfrentamiento). ¿Siguen haciendo falta las huelgas? Desde luego. Pero cuando son realmente necesarias. Como en Suecia, vaya: es una legítima medida de presión, pero debe ser siempre la última.

¿Y valen las mismas normas para cualquier sector? ¡Ah, no! No es igual una huelga en una fábrica que vende, por ejemplo, mesas que en la enseñanza. Porque en los servicios básicos hay que hacer todo lo posible para no llegar a tal cosa. Y por una sencilla razón: las consecuencias de ese paro no las paga un capitalista explotador y probable evasor de impuestos que se beneficia de los desastres de la globalización. Las pagamos usted y yo.

Por eso es de una irresponsabilidad clamorosa la huelga que convoca una fracción de los médicos, a la que seguirá otra de urgencias en el hospital de esta ciudad. Se trata de la salud. Se trata de que con esa medida de fuerza habrá más sufrimiento y más angustia (¿muertes, quizás?) en una población indefensa, en padres a los que no les llega la hora de que se le hagan a su hijo las pruebas necesarias.

Tras los años de plomo económico en los que mandó la austeridad parece que comienza una recuperación menos vigorosa de lo que nos quieren vender. Pero en ese escenario, ¿de verdad hay razones para esas huelgas?

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