Hablar bien no cuesta nada


La lengua es algo vivo. Es como una esponja que absorbe aquello que la rodea. Muda con los años y con la historia, de forma paralela muchas veces, y en sentido contrario muchas otras. Nuestra forma de hablar nos clasifica, nos identifica en buena medida. Hace ver, incluso, qué clase de personas somos.

Hay, sin embargo, palabras y expresiones en nuestro vocabulario que, aunque aceptadas para el uso coloquial de la lengua, y admitidas durante decenios, no dejan de ser despectivas. «Maricón», «negro», «sexo débil», «llorar como una niña», «minusválido» y un largo etcétera. Vale que forman parte de nuestra tradición lingüística, y que llevar cuenta de las formas formalmente admitidas por ciertos colectivos no es sencillo, más nadie dijo que fuera fácil. No se nace aprendido en esto del feminismo y de la igualdad entre sexos, razas y diversidades.

En el talent show musical del momento, lleno de chavales de entre 18 y 25 años (la concursante de mayor edad tiene 27), se están lanzando mensajes de este tipo constantemente. La mayoría, a cargo de la gallega Sabela Ramil (cuya pareja, curiosamente, es jugador del Bergantiños). Ella misma puntualizaba hace unos días que el término más correcto es «diversidad funcional», y que palabras como «minusvalía», «discapacidad» o «invalidez», aparte de no ser aceptadas, tienen connotaciones hirientes.

Otra de sus compañeras, y una de las grandes favoritas a hacerse un hueco en el podio de vencedores, señalaba que no solía utilizar el verbo «arreglarse» como sinónimo de acicalarse o engalanarse para una ocasión especial, porque «viene a decir que había algo en ti que estaba mal o feo antes, y que con maquillaje, joyas o un peinado especial lo has solucionado. No hay nada malo en no acicalarse y en mostrarte tal y como eres», venía a decir la joven, en un ejercicio en el que, precisamente, debía valorar la imagen que la concursante gallega, Sabela, proyecta de cara al exterior. Sugerente la argumentación de la joven, y sin duda habrá decenas de términos más apropiados en el diccionario de la lengua española para referirse a ese concepto en particular.

Sin embargo, esa misma chica que presumía de tener un lenguaje inclusivo, igualitario y respetuoso, apenas unos minutos más tarde le espetaba a su compañera que cuando la vio por primera vez «me parecía que serías madrileña, tan bien arreglada como ibas. Pero cuando hablaste flipé, lo que menos me imaginaba era que fueras gallega. No me pegaba nada». ¿Recuerda eso de que nuestra manera de hablar define qué clase de personas somos? Pues nuestros prejuicios, también.

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