Basora


Acabo de ver en los telediarios las ruinas de Basora. La ciudad, arrasada por ese fuego inextinguible que allí reina desde hace más de veinte años, es un esqueleto rendido al humo del olvido. En los años 70 caminé por sus anchas avenidas flanqueadas de palmeras, me fotografié en sus muelles con la luna a mi espalda naufragando en las fronteras del golfo Pérsico y visité Ur, la semilla de toda la humanidad. Muy cerca de allí, entre los ríos Tigris y Éufrates, sitúa la Biblia el Edén, el paraíso en la tierra que el Buen Dios ajardinó y pobló de aves y frutales para que acompañaran a la primera pareja que se estableció sobre la tierra.

Unas millas más al norte, levanta sus despojos descarnados al sol que todo lo gobierna, la antigua Babilonia, el jardín de los jardines, la ciudad deseada y más hermosa de la antigüedad. Nada queda. Polvo que vuela sobre los nidos de serpientes, el llanto del viento y el denso azul del cielo inamovible. Vi el fuego abrasando las sandalias de la actual Basora y el amargor de la ceniza enferma se me quedó colgado de la dentadura.

Las ruinas que aúllan a los cielos pidiendo explicaciones me hicieron comprender el por qué las emociones vuelven, tercas y desgarradas, a llamar a la puerta de un pasado que con tanta precisión anuncia el futuro. Tal vez mis bisnietos lleguen a contemplar un día París, Madrid o Londres tendidas, agonizantes y abrasadas, sobre el camastro de la historia. Quién le iba a decir a un babilonio que en aquellos pensiles que perfumaban todo oriente, solo habrían de anidar la peste y la ausencia. Yo estuve en Basora y, al ver su destrucción, he muerto un poco más.

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