Estornudo


El dicho «cuando París estornuda, Europa se resfría» se hizo popular en el siglo XIX. París era el espíritu, el verbo y el corazón de Europa. Lo que allí ocurría se colaba en los salones de las cortes europeas abanicando los visillos y aireando los secretos. Ahora que hay remedios contra el estornudo y los resfriados, el asunto es más sutil. A través de la Red, los virus y los antivirus recorren en un maratón eterno el infinito metraje de fibra óptica y ondas avecindadas en satélites artificiales, llevando y trayendo novedades. Noticias infaustas, felices recuerdos, besos y amenazas, infortunios y alegrías.

La pasada semana en Madrid, los leones del Congreso de los Diputados estornudaron hasta tambalearse en sus pedestales. De aquel París cheli se trasladó en milésimas de segundo un resfriado general a nuestra Costa da Morte adormecida en el contraluz decadente de mayo. Un escalofrío inesperado se adueñó de los pulmones ennegrecidos de los plenarios municipales. Con sorpresa, los ediles y los endilgados por los ediles, se miraron los unos a los otros y corrieron a pedir ayuda a través de sus móviles de última generación. «¿Qué hay que hacer? ¿Qué se dice? ¿Qué cara hay que poner?». Unos, revolvieron sus cajones por si olvidaran algún papel comprometido. Otros, recurrieron al noble arte del escaqueo insolidario. Y aún hubo quien, como en su día hizo el valenciano Camps, lanzó un guiño a los cielos agradeciéndoles que el fin del mundo le encontrara con el sastre pagado. Hay un viejo dicho en Noia: «Noia é a maqueta do mundo. O que pasa no mundo pasa en Noia en pequeniño». Pues eso.

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