Pues menos mal que tienen casa, y huerta


Luís María Linde, el gobernador del Banco de España, esa institución que ni vio venir la crisis ni tampoco percibió tropelía alguna en unos bancos quebrados y rescatados a cuenta del lomo de todos, en un alarde de sensibilidad, restó estos días gravedad a la precaria situación de muchos pensionistas. Dijo que un alto porcentaje tiene casa propia, con lo que no hay mejor pensión que eso y, por tanto pueden apañárselas.

Su afirmación es rigurosamente cierta y en el caso de la Costa da Morte incluso en un porcentaje más acusado que en el conjunto de España, al que se refería linde. Habría que mirar, en cambio, que prima más si ese ahorrarse un alquiler o el desembolso que supone para una paga del régimen especial agrario de 600 euros pelados cambiar las ventanas, ya no digamos el tejado, de un inmueble de ciento y muchos metros cuadrados. Casa en la que, con un alto grado de probabilidad la pensionista -son bastantes más mujeres que hombres- pasa sola la semana a la espera de que los hijos vengan de A Coruña el viernes por la noche y pueda acariciar, aunque sea un rato a los nietos. Pero eso es otra historia.

Si Linde conociese bien el panorama de la comarca, dato del que no disponemos, iría un poco más allá, con algo así como «y algunos incluso una huerta». Lo sepa o no, para muchas familias del rural esto, aunque pase desapercibido, es tanto o más importante que las cuatro paredes en las que resguardarse durante estos días gélidos.

El kilo de patatas para el caldo del domingo de sus hijos ya casi tan coruñeses como de casa no baja de los 60 céntimos y lleva lo menos dos. Para los grelos, así, en abundancia, hay que contar con tres euros. En carne de cerdo por menos 6-6,50 no encuentras nada digno de tal nombre y de la de ternera ya ni hablar. Si le sumas los garbanzos y la electricidad porque resulta que la abuela estuvo pachucha y este otoño no trajo leña como otros años, te pones en los 20 euros antes de que el agua levante el primer hervor. Y ya está la cuenta echada, sin una cátedra de Economía y sin que le nombren a uno gobernador de nada. Repetirlo todos los días se habría llevado por delante hasta el último céntimo de los 600 euros. No quedaría ya ni para el teléfono, ni para el resto de la electricidad, ni para la parte que alguno tiene que pagar de las pastillas y mucho menos del seguro de la funeraria, porque incluso morirse es demasiado caro para según que bolsillos.

Con esa lista clara en la cabeza, Linde, y seguramente alguno más, se lo pensaría dos veces antes de repetir la muletilla «e que ela pásao ben na leira» o el infalible «así tamén se distrae». Es muy probable que todos comprendiésemos mejor el valor de esas contribuciones y estaríamos un poco menos en las berzas.

Por J. V. Lado CIUDADANA

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