«Espertamos en Extremadura no medio dun rabaño de 3.000 cabras»

Este carballés narra las aventuras vividas hace casi cuarenta años, cuando recorrieron más de mil kilómetros en sus Vespinos

Poco tiene que ver su reluciente BMW con la Vespino con la que recorrió 1.200 kilometros hacia Andalucia en sus años de juventud
Poco tiene que ver su reluciente BMW con la Vespino con la que recorrió 1.200 kilometros hacia Andalucia en sus años de juventud

Carballo / la voz

Cuando Joaquín Moya (Carballo, 1960) recorrió en su vieja Vespino los 1.200 kilómetros que separan Carballo de Andalucía, estas motocicletas no lograban siquiera superar los 40 kilómetros por hora, algo que no supuso ningún tipo de impedimento para que aquel fuese el viaje de su vida, que recuerda narrando montones de anécdotas, «e outras tantas que non se poden contar!».

Era apenas un jovenzuelo, sin los 18 años siquiera cumplidos, cuando con otros dos amigos se animaron a cruzar la península y escapar hacia el calor de la Costa del Sol. «Foi en maio do 1978, se non recordo mal. Un compañeiro coñecera a unha amiga en Ámsterdam, déralle a dirección, e alí lle aparecemos, no pequeno pobo de Archidona. Non contaban con nós, como era lóxico!».

Y así se lanzaron a la aventura, a lomos de sus Vespinos rojas y ataviados con más equipaje de lo que sus motos probablemente podrían soportar. «Levamos unha tenda de campaña que era enorme, cabiamos nós e máis as motos dentro. Levabamos os mástiles amarrados cunhas cinchas nos laterais e o resto das cousas nas cestas dianteiras e no portaequipaxes», recuerda el carballés, quien contó, además, con la colaboración de Luciano Calvo en lo que él llama las «intendencias».

Chano, también aficionado del motor por aquel entonces, se encargó de proporcionarles un buen número de latas de conservas para que no les faltase de nada durante su travesía. «Nos pensabamos que nos ía dar unhas latiñas de atún, como moito, e cando o vimos aparecer cun saco cheo de latas destas de medio quilo de callos, caldo, fabada...»

Las noches al sol

Hicieron noche hasta en tres lugares diferentes, pues sus viejas Vespinos -relucientes y bien llamativas por aquel entonces- lograban hacer unos 300 kilómetros por día únicamente. La primera la pasaron en una pensión de Ponferrada, pero la segunda, ya bañados por el calor de la meseta, no hizo falta ni pensión ni tienda de campaña. «Levaríanos demasiado tempo montala, así que puxemos as motos formando un triángulo e deitámonos a ras no chan co saco de durmir». Explica Joaquín que, lo que cegados por la oscuridad de la noche les había parecido una estupenda idea, al alba se les vino encima. «Espertamos, nese campo de Extremadura, no medio dun rabaño de 3.000 cabras. Sentíamos ‘beeeeh, beeeeh’, e preguntámonos ‘¿pero qué pasa?’. Non nos viamos os uns aos outros, estabamos, ademais, todos cagados das cabras...»

«Acababan de escapar varios presos da ETA e a Garda Civil confundiunos unha noite con eles»

Joaquín, Pepe Suárez y Alberto Pallas salieron con toda la determinación del mundo hacia su gran aventura veraniega, aunque algunos no confiaban demasiado en que llegase a buen término. «A xente dicíanos que non pasariamos de Arteixo, pero ao final alí estivemos os nosos 26 ou 27 días. Recorremos toda a costa».

Recuerda que en una de las noches, ya asentados en Archidona, el pueblo donde se quedaron, la Guardia Civil llamó a su tienda de campaña para pedirles la documentación. «Dábase a casualidad de que acababan de fugarse uns presos de ETA ¡e confundíronnos con eles! Ata nos pediran a documentación». Mejor suerte tuvieron durante el camino, en otro de sus encontronazos con la benemérita. «Paramos por Despeñaperros, máis ou menos, porque tiñamos que facer as nosas necesidades. E disto que, estando nós os tres sentados, vimos unhas sombras detrás de nós: ¡Era tráfico! Non tivemos ningún problema, hai que dicilo, mesmo dirixiron aos coches para deixarnos paso».

Tras casi un mes de diversión por la Costa del Sol, y sin más gastos que «para vicios», tocó emprender el viaje de vuelta a Carballo. «Levábamos todo calculado. Saíanos, máis ou menos, a unha peseta por kilómetro». Lo que no se imaginaban era que, una vez habían iniciado ya el camino, el precio del combustible subió, «e aló foron as nosas contas». Al final, acabaron yendo por Madrid a visitar a un hermano suyo para buscarle solución.

Dice Joaquín que tiene tres hijos y que ninguno le ha salido motero -«por agora»- aunque no duda en narrarles sus aventuras de vez en cuando. «Porque o corpo non o aguanta, senón eu non dubidaba en repetir», sentencia.

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