El triste fin de hombres valerosos

El actor camariñán Bernardino Martínez Castiñeiras guía por la zona cero de las principales tragedias de la Costa da Morte


Carballo / La Voz

El mar era un infierno. El buque estaba completamente sumergido y, en parte, destrozado. De los tres palos que tenía conservaba solo dos y en las jarcias, y atados a los mástiles, nueve hombres clamando por un rescate imposible. El viento soplaba con rabia y el océano atacaba furioso su único hilo de vida mientras veían la costa tan próxima y tan lejos al mismo tiempo. Estaban tan cerca que un día de calma podrían mantener conversación sin gritar con la gente de tierra. Las rocas de Punta do Boi que tenían bien asido el casco ya desgarrado se quedan en seco en marea baja, pero ese día las olas eran como montañas que cubrían intermitentemente el buque y a sus tristes náufragos. Este espectáculo dantesco se mantuvo durante todo el día, y sin poder socorrerlos mientras los veían sufrir.

Dos de los tripulantes intentaron salvarse a nado, pero desaparecieron inmediatamente entre la espuma. La noche trajo las tinieblas, que pusieron fin al sufrimiento llevándose a los náufragos. Con el alba, el buque aparecía completamente destrozado y ya no había nadie pidiendo socorro. De toda la tripulación del Iris Hull (Inglaterra), solo se salvó un hombre, que logró alcanzar la costa a nado a dos millas del siniestro. Fue recogido desnudo y con las piernas y las manos sangrando. El corresponsal de una muy joven La Voz de Galicia contaba con pelos y señales el suceso.

Esta es una de las historias que Bernardino Martínez Castiñeira, de Quenquenquén teatro, contaba el sábado en la ruta de los naufragios al pie del Cemiterio dos Ingleses. Con el Iris Hull, que iba cargado de carbón para Port-Said, perdieron la vida 28 hombres. Ocurrió el 6 de noviembre de 1886. George Chirgwin fue el único superviviente, pero, como escribe Juan Campos en Náufragos de antaño, el «mar rumió rencoroso» este regate y el marino, ya con unos años más, entregó su aliento ahogado en la costa de su Cornualles natal.

Las víctimas del Iris fueron el origen del Cemiterio dos Ingleses, que para Bernardino Martínez Castiñeira, era en principio «unha fosa común». Sobre una hilera de piedras explica que esa es la división entre protestantes y católicos. Se acuerda de Baña Heim y de su proyecto pedagógico de recuperar la historia de los naufragios de la Costa da Morte.

En la Punta do Boi, que también puso fin a la navegación del Tinacria y a la vida de la joven novicia Ketty Smith, que iba a bordo, aún quedan restos de cantos rodados formados por el cemento del Olimpie, que en 1955 cabalgó sobre los escollos.

El día es claro y las olas rompen contra el arenal de Trece y las rocas moradas de Punta do Boi. El público de Bernardino sigue atento sus explicaciones cargadas de tragedias. Las flores lucen aún frescas sobre los restos de las víctimas del Serpent y la flamante placa de la Red de Cementerios Europeos. Los cuerpos de las víctimas del Tinacria que no pudieron ser rescatadas fueron incineradas en la Furna dos Difuntos Queimados, un triste fin para hombres valerosos.

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