«Hay quien tiene en su mano salvar hasta siete vidas y no lo hace. Yo no lo entiendo»

Carlos Iglesias convierte su testimonio como enfermo renal en un llamamiento a la donación de órganos


A Coruña / La Voz

De los aspectos éticos, sociales, clínicos y hasta antropológicos de la donación se habló ayer en el Colegio de Médicos, donde Carlos Iglesias Souto aportó el testimonio protagonista de quien, en el momento de la verdad, no se para a pensar más que en lo esencial. «No me daba tanto miedo la operación como qué iba a ser de mi vida», dice.

Tiene 51 años y desde hace 7 lleva un riñón de prestado en su cuerpo al que trata de homenajear cada día: «Pienso en el donante, y en su familia, e intento tratarlo lo mejor posible por respeto a ellos», valora un hombre que sabe de verdad qué significa una segunda oportunidad. Por eso siente que «lo único que me queda es dar las gracias y hacer lo posible eternamente para que sepan que la decisión que tomaron entonces fue acertada», comenta Carlos antes de sumarse a una mesa que, moderada por Alberto Juffé, el cirujano que trajo los trasplantes de corazón a Galicia, compartió con otros especialistas en recambios vitales: Jacinto Sánchez, Francisco Valdés, José Antonio Seoane y Luis Fermín Rodríguez Vázquez.

En una comunidad, y un país, ejemplo para el mundo en este tipo de operaciones, el fatal liderazgo en negativas familiares a donar volvió a ocupar buena parte de un coloquio en el que nadie como quien ha dependido de la solidaridad ajena para seguir respirando tiene más autoridad para hablar: «Hay quien tiene en su mano salvar no una, sino hasta siete vidas, y no lo hace. Yo, la verdad, no lo entiendo», opina no sin intentar ponerse en la piel de los demás. «Sé que es un momento difícil, muy delicado, pero no lo comprendo. En este mundo todo se compra y se vende menos dar vida. Eso no tiene precio, por eso no puedo entender que alguien se niegue al gesto más grande que puede hacer un ser humano», razona este vecino de Culleredo.

En un tropel de argumentos, Carlos habla del desespero de quien espera, y de sus familias, y de la mucha gente que «tiene mucho que aportar todavía en esta vida, mucho que regalar», y de la angustiosa sensación de que el tiempo se agota. «Lo siento, pero no lo entiendo, creo que no hay nada que justifique negarse a dar un órgano de un ser que por desgracia ya no lo necesita a alguien que está muy necesitado... no me parece justo».

Fue a los 24 años cuando un dolor «muy, muy fuerte» en las muñecas reveló una artritis reumatoide y la caída libre hacia la insuficiencia renal. A los 31 lo enviaron ya a nefrología -«no sabía ni cómo se pronunciaba», recuerda- y después llegó la diálisis. Primero en casa, donde «me di de bruces con la enfermedad, me puso en mi sitio» y después en el hospital. «Lo peor no era estar enganchado a una máquina cuatro horas y media tres veces a la semana, no; lo peor era la sed que pasaba hasta que llegaba la siguiente sesión», recuerda. Entonces, ya había tenido que renunciar a su trabajo como formador del Inem después de pasar «una etapa dura, que no fue de un mes o dos, haciendo muchas cábalas».

Después de un año en lista de espera, un martes de mayo del 2010, muy temprano, sonó el teléfono en casa. «Lo primero que pensé es ‘¿a quién se le ocurre llamar a estas horas’», relata. Había un riñón para él. «No tuve miedo, sabía que estaba en las mejores manos», dice sobre la «humana» profesionalidad de las gentes del Chuac. Todo salió bien y su vida dio «un cambio brutal», define.

Carlos ahora hace mucho deporte, nada, juega al golf, ha participado en los Juegos Mundiales para Trasplantados corriendo los 5.000 metros... Prepara ya nuevos campeonatos y ejerce apostolado por la donación desde la asociación Alcer. «Paso un examen cada cuatro meses en el nefrólogo y hasta ahora voy aprobando con nota», bromea mientras aprovecha para, por qué no, volverse reivindicativo. Reclama Carlos atención de las Administraciones a unos enfermos crónicos que, tras el trasplante y cuando los análisis empiezan a remontar, se quedan sin paga «porque en teoría somos aptos para trabajar, pero no podemos hacer esfuerzos físicos; es muy complicado, la realidad -concluye- es que el 90 % no volvemos a entrar en el mercado laboral».

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