Del amor y la muerte


Media cama vacía, sobraba la mitad del armario, la mitad del aire de esa habitación sobraba. Pero ella aún no se podía derrumbar, quedaba todo el protocolo funerario: las flores, el entierro, los pésames, las visitas. Después ya se lamería las heridas en la ridícula soledad de su cuarto. La lija de la rutina había hecho que contemplara su viudedad como un período tranquilo, donde ya no escucharía la tos de él en las mañanas, sus caprichos o enfados por nimiedades. No había dejado de quererlo, pero a veces la vencían los abstractos rencores de la convivencia.

Sin embargo, no era capaz de recordar las pequeñas rencillas ni las miserias que castigaron su matrimonio y que habían dolido como astillas entre los dedos. Tampoco la pasión, las rosas o las cenas románticas… solo recordaba sus últimos años, cuando la vejez lo poseyó y se convirtió en un niño en sus manos. Sus agradecidos ojos cuando lo ayudaba a incorporarse, cuando le acercaba las gafas que él perdía en rincones misteriosos de la casa, su cara de alegría cuando ella le mentía con un «ganaste un certamen de poemas». Y el recuerdo de esa calmada senectud la sumía en un terrible vacío, se dio cuenta en esos días finales de la auténtica magnitud de su cariño por él. La última fase del amor, la que vuelve a todas las anteriores insignificantes. Todo era superficial, menos eso.

Tras el entierro Mercedes se fue a su cuarto, a recordar, a intentar hacerse a la idea de una vida sin Emilio. Y, cuando se acostó en el infinito de cuatro esquinas que era su cama vacía, pensó: «Duele. Pero mereció la pena».

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