Antonio Gómez-Pan: Laxe, donde siempre quiero volver

«Pero lo mejor no eran sus lugares, sino su gente, mi primera pandilla (...)»


Ya es agosto, y como es tradición, toca ir a Laxe. Septiembre, ese mes que parecía tan lejano al comienzo del verano ahora está a la vuelta de la esquina. No he estudiado nada y me abruma la cantidad de cuadernillos Rubio que tengo aún por rellenar. ¿Por qué tengo que saber que la vaca tiene cuernos en la testuz? ¿Qué diferencia a los anélidos de los platelmintos?

Por ahora prefiero contestar a la pregunta de mi madre, quien sentada en el asiento del copiloto, ya ejerce como tal, preguntándonos a mi hermano y a mí si queremos un sándwich. Mi padre canta canciones de María Dolores Pradera mientras que un servidor, tras un intento frustrado de siesta, le pide a su hermano que comparta uno de los cascos de su discman. Nos quedan seis horas de viaje hasta Laxe y no quiero estar despierto para cuando mi madre se arranque a cantar.

Empieza la cuenta atrás: Cinco, cuatro, tres... pasamos «A Cruz do Cabalo» mientras todos juntos coreamos «¡Laaaaaxe!».

La playa nos recibe. Una extensísima playa de arena blanca y fina, limitada por el puerto pequeño a un lado (testigo de nuestros primeros escarceos amorosos) y por la roca con cara de indio al otro.

A medida que entramos en el pueblo dejamos atrás los colegios, centro neurálgico del fútbol estival, donde tantas y tantas tardes me pedía ser Rivaldo para emular las gestas del imparable súper Depor.

La plaza nueva, donde se celebran ahora las fiestas. Fiestas que comenzaban con el ya mítico botellón en el césped de detrás del Playa, cuna de mil y una anécdotas que, a día de hoy, seguimos rememorando.

El Bahía, famoso por «la caballo», una de las mejores hamburguesas del mundo.

El Beiramar, con permiso de A Ventana (en esta época el maravilloso local de mi amigo Fernando aún no era un bar), el sitio con las mejores vistas de la playa, lugar de reunión del equipo de Mareas Vivas y, donde a base de ir a comer todos los días, mi hermano y yo nos sabíamos de memoria el menú que Eva tan amablemente nos sugería.

O el Mareira, nuestra segunda casa. Donde las horas pasaban volando bajo la atenta mirada de Mila. Donde mi abuelo me enseñó a jugar al billar. Donde el futbolín sonaba con la canción de Oliver y Benji y donde nos dejábamos la paga de la semana en el trivial de la entrada.

Pero si de juegos se trataba, El Centro era donde siempre tenían las mejores recreativas: el Metal Slug, el Windjammers, el King of Fighters, el Knights of the Round… y si a ello le añades un chocolate con churros que haría palidecer al mismísimo San Ginés, no le podías pedir más a la tarde.

Algunas noches en la plaza del centro ponían cine al aire libre. Llevabas tu silla y, previo avituallamiento en el quiosco de Víctor Luis (donde no podían faltar los flashes, los push pops o los fistros), disfrutabas de peliculones como Máximo Riesgo o Dos Policías Rebeldes.

Pero lo mejor de Laxe no eran sus lugares, sino su gente. Gabi, María, Xela y Gonzalo. Mi primera pandilla. Mis mejores amigos. Un grupo de chicos de mi edad que venían desde Carballo a veranear y para los que Laxe suponía la misma libertad que para mí. A su lado fumé mi primer cigarrillo, me tiré desde las rocas, disfruté de la lluvia de estrellas, di mis primeros besos…

Ya de mayores el Oporto se convertiría en el sitio obligado para empezar la noche. En sus escaleras tuve el placer de hacerme amigo de Pablo, de Edu, de Fernando… Allí jugábamos a los dardos y al duro al ritmo de Los Rodríguez. La Estrella Galicia aún no estaba de moda, pero nosotros ya sabíamos que era la mejor cerveza del mundo.

Y así iba pasando el verano. En un pueblo que nos permitía disfrutar de la independencia que por motivos obvios en Madrid no nos era posible. Donde todos cuidaban de todos, y aunque no hubiera móviles, uno siempre sabía dónde encontrarte.

Donde el «canto creciches» y el «ti de quen ves sendo» se juntan con el «eres cuspidiño a teu pai». Donde la amabilidad de la gente se traducía en kilos de percebes o en rondas que jamás nos permitían pagar.

Donde durante todos estos años he conocido a gente maravillosa que me ha hecho conocerme mejor a mí mismo.

Donde siempre quiero volver.

Antonio Gómez-Pan Rodríguez. Montador de cine, de raíces laxenses, tiene 31 años y es uno de los miembros más jóvenes de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas. Nació a mediados de los ochenta en Madrid, pero sus veranos siempre han estado ligados a Laxe. De ello da fe este texto. En el momento en el que le comunicaron su entrada en la Academia, expresaba que su idea pasaría por llevar a ella un aire más renovado. Asimismo, incidía en la pluralidad de voces que le gustaría trasladar, buscando especialmente un hueco para los cortometrajes. Esta semana le dieron la residencia permanente por 10 años en EE.UU. para realizar tareas artísticas.

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