«En Irlanda eramos un máis da familia»

Carlos Martínez y Adrián Sánchez, estudiantes en Fonteboa, han pasado dos meses en explotaciones agrarias irlandesas al amparo de un Erasmus +


carballo / la voz

Hace apenas tres días que Carlos Martínez y Adrián Sánchez han regresado a su tierra. El primero es natural de Lesta (Ordes) y, el segundo, de Goiáns (Carballo), localidades que dejaron en los dos últimos meses, desde inicios de marzo, para trasladarse a Irlanda, tomando parte de una estancia formativa y profesional en explotaciones dentro del programa europeo Erasmus+, iniciativa tradicionalmente asociada al ámbito universitario, pero que desde hace dos o tres años se ha abierto también a otros tipos de acciones, como la formación profesional. Tanto Carlos como Adrián estudian el ciclo formativo de grado superior Gandaría e Asistente en Sanidade Animal, en la EFA Fonteboa coristanquesa.

Tocará ahora asentar conocimientos, pero ayer, ya de regreso a sus casas, concordaron con Luis García, director del centro y conductor de Voces do Agro en Radio Voz Bergantiños, en que la experiencia ha sido sumamente enriquecedora. «En Irlanda eramos un máis da familia», asegura Adrián. Resalta el trato de todos y, también, de los responsables de la explotación que lo acogió, dedicada a las vacas de carne de raza charolesa (85 ejemplares) y a las ovejas texel (80 y tantas, también). Convivió, así, con una familia integrada por un matrimonio mayor (ella 65 y él 70) que tenía dos hijos, uno veterinario que trabajaba fuera y otro profesor que, trabajando a turnos, dedicaba sus horas libres a colaborar en casa. Claro que se habla de cómo pinta el futuro con esa edad: «Eles víanse ben de saúde para seguir traballando, pero a idea era ir reducindo pouco a pouco e deixando os mellores exemplares. Marc, o fillo profesor, continuará coa explotación de modo parcial, sobre todo coa parte das ovellas».

Ambos estudiantes constataron en Irlanda diferencias con respecto a las explotaciones en Galicia, como la supremacía del pastoreo: en la graja de Adrián, por ejemplo, había 87 hectáreas. La media, allí, es de casi una res por hectárea, cuando aquí rondan los 3,5 animales. Lo mismo le llamó la atención a Carlos. Fue acogido en la explotación de un matrimonio -él, de 60 años- con tres hijas y un hijo. La más pequeña estaba todavía en casa, las siguientes (19 y 22 años) estudiaban y, el varón, trabajaba en Nueva Zelanda. Tenían 135 vacas para ordeñar (que ascenderían a 150 ejemplares finalizados los partos) y 115 hectáreas. No le pasaron desapercibidas a este joven las razones para que Irlanda pueda ser un país puntero en producción de leche y, además, una economía claramente exportadora: «Os custes de producción alí son moito máis baixos, é todo en base a pastoreo. Eles, cando poden, polo tempo, fan todo fóra. Alí eran tres quilos de penso por vaca, aquí son dez, mira a diferenza», abunda Carlos. Ganan de largo, por tanto, en superficie de estabulación. «Aquí, unha granxa con 115 hectáreas pode ter tranquilamente 400 animais», comentaron durante su paso por Radio Voz Bergantiños.

El tiempo y la rutina

Si la forma de gestionar la explotación marca la diferencia, las similitudes venían de la mano del tiempo o la rutina de trabajo. Quizás en Irlanda hacía algo más de frío que en Galicia y era difícil que llegase a haber un día de bochorno, pero por lo demás nada muy distinto. Carlos se levantaba cada día a las 07.30 horas, para el ordeño, que duraba unas dos. Las primeras tres semanas, al ser todavía marzo, los animales estaban en el interior, pero después ya no, así que su actividad consistía en ir a recoger las vacas, preparar la sala y seguir con el ordeño, con la tarea añadida de reparar el alambre. El primer mes, precisamente también por estar los animales dentro de la granja, fue el más intenso para Adrián.

La cuestión del idioma ha sido clave para ambos. Fueron dos meses en los que han tenido que poner en práctica (y adquirir) inglés: «É unha forma de aprender que non poderías ter aquí», dice el joven de Goiáns, aludiendo a que falta inmersión, algo que precisamente tenían allí. «Tes que adaptarte. A familia que tiñamos, se che facía falta calquera cousa, dábacha, e se non entendías algo, pois repetían. Aprendes moitas palabras», asegura Carlos, quien «volvería a Irlanda sen ningún problema». Adrián cree que nunca se sabe dónde está el futuro y, por supuesto, tampoco pondría pegas a volver. Una experiencia ganada.

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