«Es más fácil necesitarlo que donarlo»

Con más de 400 personas en diálisis, el Chuac se sumó ayer con Alcer a la celebración del Día del Riñón para insistir en la necesidad de contar con más donantes


A Coruña / la voz

Francisco Encinar, apasionado del motor, se compró el año pasado el coche de sus sueños porque tenía mucho que celebrar. «Cumplía 70 años, 45 de casado y 20 trasplantado, había que festejarlo por todo lo alto», bromeaba ayer a las puertas del Chuac, donde los voluntarios y trabajadores de Alcer (Asociación para la Lucha Contra las Enfermedades del Riñón) paraban a todo cuanto pasaba con un único mensaje: la importancia de que la solidaridad supere los recelos para poder cambiar vidas.

«Yo entré derecho del trabajo a la máquina», explicaba sobre una insuficiencia renal que lo pilló por sorpresa y se escondía tras «un cansancio bestial» que entorpecía su trabajo de comercial. Una analítica «con la creatinina desmadrada» la puso al descubierto y, sintiéndose «un afortunado» por haber pasado solo tres meses en diálisis, recuerda nítidamente aquel día de hace 21 años en el que recibió la llamada de que había «un gran riñón» para él: «Sentí pánico, nunca había pasado por el quirófano», reconoce ahora. Allí conoció a Pepe, el que recibió el segundo riñón de su mismo donante, con quien forjó una amistad hasta la muerte y ha compartido dos buenas décadas. «Hasta hoy, de maravilla estoy», resumía sobre el antes y el después del único regalo capaz de dar vida tras el adiós.

«El trasplante te cambia todo», terciaba Carlos Canedo, vecino de Culleredo al que la insuficiencia renal le sobrevino en fecha fatídica. «El día que cayeron las Torres Gemelas me pusieron la fístula para la diálisis y el 23-F, del 2002, me llamaron diciendo que había un riñón para mí. Fue una alegría inmensa, me vine para el hospital y desde aquí llamé a la familia para decírselo», cuenta. En medio, pasó unos meses en los que cuatro horas en días alternos tenía que estar conectado a una máquina que hacía el trabajo que sus riñones ya no podían. Tras el trasplante, efectivamente recuperó su vida. Volvió a su trabajo en Emalcsa y, aunque ya era donante, desde entonces intenta en cierta forma devolver aquella generosidad «participando en todas las campañas de donación de órganos, dando charlas a los niños en los colegios...»

Para Carlos fueron unos meses, pero cuatro años estuvo en diálisis María da Paz, enfermera de profesión a la que la ecografía de un embarazo cuando estaba en Londres le destapó la enfermedad. «Pensaron que tenía tres riñones, y lo que tenía eran dos poliquísticos», explicó. Fue tirando con sus tratamientos, sus dietas, su ejercicio... pero en el 2009, y tras esos cuatro largos años en los que «me acostumbré», dice, a dializarse de noche en casa para por la mañana poder ir a trabajar, llegó el trasplante. «Cuando me llamaron, pregunté si era una broma; llevar una vida conectada a una máquina..., es un cambio total». Con la distancia del tiempo, María a sus 71 años lanza un mensaje claro: «Donar no cuesta nada; después de muerto, qué más da que te quiten parte del cuerpo».

«Es más fácil necesitarlo que donarlo. La gente tiene que saber que tiene muchas más probabilidades de convertirse en receptor de un órgano, que en donante», subrayaba Francisco Encinar insistiendo en las más que sobradas muestras de solidaridad dadas por la sociedad española, «la primera en prestar ayuda en todas las catástrofes». El orgullo del liderazgo en trasplantes, la otra marca España al margen del fútbol, la paella o las sevillanas, y el recurso al refranero eran ayer parte de sus mensajes de campaña: «Con la salud, ya se sabe, te acuerdas cuando te falta. Como con Santa Bárbara, que solo le rezamos cuando truena».

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