Samantha, de Velázquez


Cuando vivía en Madrid y los móviles no tenían internet iba al museo del Prado a admirar Las lanzas de Velázquez, el pintor que dio a los bufones el mismo majestuoso porte que a los monarcas. Las escasas personas que estábamos allí caminábamos despacio, hablábamos bajito, colocándonos a distancia del cuadro sin ser invasivos entre nosotros. Todos estábamos allí para lo mismo: deleitarnos en la contemplación, disfrutar de la belleza per se. Un momento especial. El año pasado volví, había una aglomeración de gente vociferando, colocándose delante del cuadro e intentando hacerse un selfie pese a estar prohibido, sentí una enorme desazón, como cuando veo las tortillas precocinadas del súper, una tristeza sorda. Nada era especial. La hipercomunicación volatiliza nuestra capacidad de abstracción, uno ya no puede ensimismarse en nada sin que le manden por whatsapp un chiste de Montoro que lo arranque de la sublimación, uno ya no puede gozar de nada sin comunicar que está gozando. Cuando se va a vivir un momento excelso hay que apagar el móvil, guardarlo todo en el alma, como hizo mi quinta con la primera Interviú que trajo alguien al colegio: la voluptuosa Samantha Fox fue nuestro primer Velázquez, era un ígneo ángel al que contemplamos embelesados. Aún navega a barlovento por nuestras retinas, inolvidable. Ahora lo inmediato devora a lo inolvidable. Las nuevas tecnologías nos han hecho indiferentes a la belleza, porque la belleza más íntima exige concentración. Nos han robado que el oleaje nos conmueva, porque hay que sacarle una foto.

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