Tn los peñascos de Caneliñas difícilmente nadie va a levantar una urbanización de chalés, más allá del puñado de casas que ya hay amparadas en la tradición o en la ceguera legal de otras épocas. Las plantaciones de pinos de Sardiñeiro, en algunos casos escrupulosamente desbrozadas por sus propietarios, apenas dan puntales porque no llegan a una década de antigüedad cuesta entender quién le va a sacar rendimiento a la madera quemada, cuando el precio de la de mayor calidad ya está por los suelos. Pensar que existen tramas organizadas dedicadas a prender fuego en el monte para luego lucrarse a través de las empresas que se encargan de la extinción está bien para una novela de Mario Puzo, pero todavía falta el primero que haya puesto las pruebas sobre la mesa. Y convencerse de que estamos rodeados de descerebrados que tiran de mechero para limpiar un camino de pesca, su finca de monte o por el gusto de ver las llamas y el trabajo de los bomberos resulta cuando menos preocupante.
En vista de todo ello, y al margen de la demagogia política que llega incluso a decir que no ardería si gobernase tal o cual partido, no hay nadie capaz de poner negro sobre blanco, con un mínimo de solvencia técnica e intelectual, las causas del mayor misterio social de la Galicia moderna, que además hunde sus raíces en los más profundo de nuestra historia.
El desastre de la política forestal, o más bien la inexistencia de algo que pueda llamarse así, tampoco llega por sí solo para explicar lo que ocurre un verano sí y otro también. Seguimos preguntándonos por qué y, sobre todo, para qué arden nuestro monte.