Camariñas, pequeñas historias

Tres episodios ocurridos en otro tiempo, rescatados del olvido


A través del tiempo surgen muchos episodios del mosaico social que pueden merecer el olvido. El municipio de Camariñas es rico en esas pequeñas historias, escritas o no, que fueron olvidadas y nadie recuerda. Hoy, en una suma de sucesos rescataremos tres incidentes de un tiempo lejano, oscuro y gris, con personajes desprovistos de identidad. Un collage de sujetos, ambientes y situaciones, de historias con el telón de fondo del horizonte del mar de la Costa da Morte oteado desde el cabo Vilán. Sucesos que son como fotografías rescatadas del olvido, expresión de una época que proporciona una visión panorámica para permitirnos una reflexión crítica, y descubrirnos lo que hemos avanzado en estos cien años transcurridos en algunos aspectos morales, éticos, religiosos y políticos, amén de valorar situaciones socialmente injustas.

Un pecador

Una de esas historias sucedió en los primeros meses de 1927, cuando fue requerido el párroco de Camariñas para confesar y administrar los santos sacramentos a un enfermo próximo al juicio final. El doliente, separado de su esposa, vivía en compañía de otra mujer en la casa de esta, permaneciendo en los márgenes de la Iglesia católica, lo que impidió la presencia del sacerdote en aquel hogar. El párroco quería guardar distancias, negándose a acudir al domicilio del «pecado», y como se trataba de salvar el alma de un feligrés pecador, quiso hacer de Salomón. Se le ocurrió consultar con el médico y ver la posibilidad de trasladar al enfermo a otro lugar. El facultativo aseguró que no existía inconveniente. Entre cuatro hombres y sobre el mismo lecho, con toda clase de precauciones, el enfermo fue llevado a la casa rectoral, acostándole en la cama de una de sus habitaciones, devolviendo el lecho del «pecado» a la vivienda de su compañera «pecadora». Y, así, con asistencia de casi todas las mujeres del pueblo convocadas al efecto por el sacerdote, el enfermo recibió los Santos Sacramentos, continuando atendido en casa rectoral durante dos días más, al final de los cuales falleció.

«El humanitario y cristiano rasgo del celoso párroco fue unánimemente elogiado» por los habitantes de Camariñas -dijo la prensa de la época-, ocupándose después de los siete hijos que el finado había dejado en la mayor miseria. Sin embargo, con independencia del encomiable propósito, de la actuación del sacerdote nace hoy en día un verdadero aluvión de reflexiones: quizás no fue prudente al demonizar a la compañera del enfermo, coaccionándola y condenándola socialmente, ni hizo un mínimo ejercicio de empatía poniéndose en el lugar del moribundo ni de su compañera sentimental, a la que el sacerdote condenó a sufrir, vetándole compartir los últimos momentos de una vida que el fallecido había elegido, condenándole a sentir en solitario el dolor de la pérdida. Una invasión en la intimidad de la pareja, una espectacularización de dolor y un exhibicionismo religioso del pecado en la plaza pública. Puro fundamentalismo e intolerancia que los tiempos fueron borrando.

Conductas reprochables

El 13 de octubre de 1901 se celebró la feria dominical en A Ponte do Porto. En su transcurso, un pobre vecino de Traba que tenía un tanto perturbadas sus facultades mentales, se dedicó a deambular y perorar por los mostradores de tiendas y tabernas sin causar la menor ofensa a nadie con su pueril proceder. No obstante, en uno de los establecimientos coincidió con la pareja de la Guardia Civil del puesto de Camariñas, compuesta por el cabo Vilariño y un guardia a sus órdenes.

Allí, Vilariño consideró que el perturbado era culpable, no sabía de qué, pero culpable al fin, interpelando al individuo con hostilidad y frialdad, maltratándole físicamente con golpes que produjeron sangre a un infeliz parlanchín que levantó los brazos como pudo y escondió la cara, protegiéndose, sin conseguir detener aquella marea de brutalidad, en tanto en cuanto el cabo ejercía el poder de la violencia para hacer callar a aquel pobre diablo, perturbado y enfermo.

Lo mismo que le sucedió poco después a Manuel Valiña Gerpe, un vecino de Carantoña que pidió al guardia una vara que había recogido a un hijo suyo, reclamación que no gustó nada al cabo. Y, Vilariño, muy temperamental y agresivo, comenzó a zurrarle de lo lindo sin más motivo, con golpes a diestro y siniestro, generando en Valiña Gerpe un miedo que le paralizó. Estos hechos fueron unánimemente censurados por el vecindario y por cuantas personas lo presenciaron, según dejó constancia la prensa de la época. Los dos agredidos no eran delincuentes, ni truhanes ni borrachos. La conducta de los guardias puso los pelos de punta a los presentes, incidentes que agravaban aún más la miseria del rural y la crudeza de la vida campesina, incrementando la humillación. Son sucesos que contienen, sin duda, dosis de injusticia, cobrando actualmente nueva dimensión. En fin, que pasaron muchos años y seguimos condenando estos tipos de comportamientos.

La ética del poder

En ocasiones pensamos que el azar mueve los hilos de nuestras vidas. Pero no siempre sucede así. Esto fue lo que caviló el médico y exalcalde de Camariñas, Norberto Rodríguez Buján: no se puede dejar todo en manos del azar. Hay que ser pragmático y utilizar a veces otras coordenadas. En el verano de 1927, en plena Dictablanda de Miguel Primo de Rivera, ejercía la alcaldía de Camariñas el citado médico, jubilándose en esas fechas el galeno municipal titular de A Ponte do Porto, Manuel Corral Castro. Pues bien, en una sesión plenaria celebrada esos días, la corporación presidida por el alcalde eligió a Norberto Rodríguez Buján, el propio alcalde, para ocupar la plaza de médico municipal de la señalada localidad porteña, trillando su camino profesional. Quizás hubiese discurrido todo legalmente para su nombramiento y Norberto fuese el mejor candidato entre los presentados. Si estos existieron. Ni tampoco dudamos de que poseyese el mejor código ético. No obstante, en sus manos estaban las mejores cartas, encontrando acomodo en el poder municipal para sacar ventaja. Y lo dejamos como una pregunta abierta. Después, ya con la plaza en el bolsillo, Rodríguez Buján renunció a seguir en el cargo de alcalde.

Como conclusión, aclarar que en 1927 no existían los mismos parámetros legales, éticos o morales, ni las mismas leyes de incompatibilidad actuales, para votarse a sí mismo. El paso del tiempo supone, además de cambios de regímenes políticos y leyes, también profundos cambios sociales. Y aun así...!

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