Una muestra en A Coruña recoge las historias de fareros

la voz

Faros. La luz que nunca debería

apagarse. Este es el título de la exposición que puede verse en Afundación, en el Cantón Grande, organizada por Puertos del Estado. Tendría que haber concluido el pasado domingo, pero

los organizadores la han prolongado durante una semana más, hasta el próximo domingo. Jesús

Ángel Sánchez es el comisario de la misma y hace unos días ejercía de anfitrión durante la visita de uno de los protagonistas: Antonio Cabezas. Con sus 91 años, este hombre describe cada detalle del faro de Buda, ubicado en el delta del Ebro, y del que se expone una completa y amplia maqueta. Cabezas nació en otro faro, el de punta Almina de Ceuta, donde su padre era el farero, profesión que ya había ejercido también su abuelo.

De hecho, Antonio vivió en faros hasta casi los 15 años, los tres últimos en el de Buda. Toda la familia, sus padres con los cinco hijos, tuvieron que marcharse cuando en abril de 1938 colocaron tres cajas de dinamita en

el faro y les dieron una hora para

abandonarlo. Fue la última familia en ocuparlo. Cabezas relata la vida en un lugar donde «nunca pasabas calor». El faro tenía 365 escaleras desde la cámara de máquinas hasta arriba y «cada verano venían varias excursiones a visitar el faro y les acompañaba hasta arriba; me daban 10-15 céntimos y ya era rico», evoca.

Vilán

«Mi padre estuvo en cabo Vilán, sí cuando lo apuñalaron... », apunta Antonio Cabezas. Y relata que una noche «a las tres de madrugada se despertó y vio que el faro se había apagado». Entonces, año 1915, «dormían con un espejo que desde la cama les permitía ver la luz del faro». Cabezas Martos se levantó y fue corriendo a ver qué pasaba. En el faro «estaba el jefe y dos ayudantes de la misma categoría, que eran mi padre y su compañero». Aquel día el turno de noche «le tocaba al compañero pero él subió, no había nadie y puso en marcha el faro. Allí tenían un libro de operaciones donde escribió lo que había ocurrido y al día siguiente el jefe lo vio; el compañero de mi padre dijo que habían sido cinco minutos, pero mi padre le explicó que había estado media hora arriba». A los pocos días «a mi padre lo apuñalaron por la espalda, aunque fue en hueso y no le pasó nada. En el juicio dijo que no sabía quién había sido el que le apuñaló, que no lo había visto». Y es que en el faro vivían varias personas. Fue el único destino que tuvo en Galicia.

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