De Vladivostok a Fisterra en 29 días y 124 vehículos

Thierry Saloum cubrió la distancia que separa el Pacífico del Atlántico


carballo / la voz

En Évian, en los Alpes franceses, no siempre era fácil encontrar medios públicos de transporte, por lo que Thierry Saloum se habituó a hacer autostop desde muy joven. El jueves, a punto de cumplir los 54 años, culminó en Fisterra su particular vuelta al mundo. Para el último tramo salió de Vladivostok 29 días antes y a Rusia regresará antes del 1 de septiembre, cuando tiene que incorporarse a su puesto de trabajo en la Universidad de Tomsk, en Siberia. El hecho de ser especialista en esquí lo ha llevado por todo el mundo. Él mismo se considera «viajero profesional». Lo explica en un casi perfecto castellano, que aprendió en sus años de estancia en Chile, aunque, curiosamente, tiene un leve acento argentino. Quizá sea la mezcla de las seis lenguas que habla con fluidez y que le han permitido, solo en este último tramo de su periplo, tratar con personas de 19 nacionalidades distintas, que le han llevado en 124 vehículos.

Hace 20 años Thierry comenzó esta historia casi por casualidad. Entonces trabajaba en Canadá, un país, en el que -según explica- es fácil viajar a dedo. Su primer reto comenzó en Montreal y continuó por Alaska. Ya metido en harina completó 95.000 kilómetros. En medio ha realizado otros viajes, muchos por trabajo, pero también por el mero hecho de conocer gente. A Fisterra llegó por primera vez el año pasado. Lo hizo a pie, como un peregrino más, y procedente de Suiza. Entonces pensó que sería un buen final para su vuelta en autostop.

Esta vez también ha tenido que caminar. Asegura que hay que moverse y ha tenido jornadas de hasta 10 kilómetros, lo que no es poco con 18 kilos a la espalda, todo su equipaje para su periplo.

Ahora se volverá a Rusia en unos días, ya que antes planea visitar a unos amigos en León, aunque ya tiene claro que utilizará en tren y que volverá a Tomsk en avión, aunque es probable que algún tramo lo haga en el coche de un desconocido, una práctica que, según dice, permite conocer la realidad de las gentes y los países. Una empresa francesa que se dedica a la formación ya lo ha fichado. Quiere que dé charlas sobre la forma de relacionarse con la gente, de conseguir la ayuda de los demás. En todas partes ha logrado Thierry que alguien lo llevara, aunque reconoce que siempre hay que seguir normas básicas de seguridad, como no hacer viajes de noche. En Colombia durmió en las comisarías por prevención, pero aquí lo hizo en los albergues, ya que conocía de cuando consiguió la Compostelana.

También quiere escribir un libro, pero le llevará algo de tiempo, porque han sido muchas las vivencias. Además tiene que aprender el coreano, de cara a las olimpiadas de invierno del 2018. Lo añadirá a sus conocimientos de portugués, inglés, ruso, italiano, francés y español.

Explica que el autostopismo no es tarea fácil en Estados Unidos, pero funciona muy bien en Rusia. En la parte occidental los más reticentes son franceses, españoles y belgas, en tanto que los ciudadanos de los países bálticos están más acostumbrados a montar gentes en sus coches, muchas veces en busca de compañía.

En Galicia también se ha encontrado de todo. Los primeros que lo pararon fueron dos checos, aunque quienes lo llevaron al monte do Gozo para ver las estatuas de los peregrinos son de Lugo. Quería contraponer las imágenes de bronce con la del chico que hace autoestop en Vladivostok y que es del mismo material, aunque tiene el pulgar de oro. Dicen, y Thierry lo cree, que tocarlo da buena suerte.

No le ha ido mal a este francés de los Alpes, porque en los 17.000 kilómetros que ha recorrido podría haberle pasado cualquier cosa. No explica nada negativo, que seguramente hubo, quizá lo reserva para su libro. Además reivindica esta forma de viajar como el mejor modo para reforzar el conocimiento de los idiomas. Asegura que el ruso que aprendió en la universidad en poco se parece al que aprendió en los coches.

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