Corcubión, de las débiles casas de madera a los inmuebles de piedra

Crónica sobre las viviendas y edificios que poblaron el Corcubión más inicial


Los conventos y las iglesias, y lo que hoy llamamos «obras públicas», en la Baja Edad Media se construían en cantería, materiales a los que no tenía acceso la población común para su vida cotidiana. Se empleaba para las viviendas el mismo tipo de material que para la construcción naval de aquel entonces, para el envasado del vino o del pescado salado: la madera. Eran edificaciones muy vulnerables a las razias vikingas o sarracenas, con provisionalidad y por tanto muy temporales. Así, Corcubión, como las demás poblaciones costeras medievales, tenía sus edificaciones, con excepción de la iglesia, construidas en madera, el mismo material empleado en las poblaciones contemporáneas como Betanzos, Viveiro, A Coruña, o Santiago, ya en el interior, localidades que sufrieron varios incendios datados en los siglos XII y XIII que las destruyeron parcialmente.

Los árboles, especialmente carballos y castiñeiros, rindieron unos beneficios incalculables para las gentes del Medievo: por sus frutos, por su leña, por la madera y por el bosque como soporte de caza. El castaño y el roble ocuparon con mucho el mayor espacio en el bosque gallego y también en Corcubión, encontrándose también pinos, bidueiros, salgueiros, ameneiros, oliveiras, nogueiras... En el municipio, disminuyó drásticamente la masa de bosque a partir del siglo XVI.

La libre iniciativa en toda la ría durante la Baja Edad Media fue siempre de los pequeños pescadores. Y, Corcubión, por su cualidad de pueblo litoral, confirió a la actividad pesquera una importancia básica para su economía, combinándolo con la actividad en el campo, complementando así una débil y mísera economía. Por esa dedicación de los corcubioneses a la pesca, las viviendas eran, como se señaló, cabanas y chozas, algunas construidas en mampostería -cachotería- con piedra menuda y barro y por lo tanto muy débiles y de una sola planta, además de sórdidas. Poseían dependencias anexas destinadas a trabajos como la salazón o para el depósito de las capturas de la pesca, tipo similar a los canizos utilizados para secar el pescado existentes delante de las casas de Cee, en el campo del Sacramento, la zona en la que vivían los pescadores del pueblo vecino. Eran viviendas en las que brillaban por su ausencia los lujos, edificaciones que desaparecieron sin dejar rastro en el paisaje de Corcubión y su entorno, para ir sustituyéndolas a través de los siglos por otras de más fortaleza y seguridad, aunque siempre de reducidas dimensiones. El ajuar doméstico y la vestimenta era pobre, a pesar de que el litoral era una zona, generalmente, privilegiada con respecto al interior: en los puertos había más dinero y quizás más riqueza, recayendo sobre los pescadores, pequeños artesanos y comercio local de corto radio duros impuestos.

Auge con la actividad pesquera

Poco a poco, según transcurrían los años, la villa fue conociendo un cierto auge al amparo de la productiva explotación pesquera, creándose algunos secaderos de congrio y de merluza, que atraían cada vez más a los vecinos de los viejos asentamientos de San Andrés de Canle y San Pedro de Redonda, hasta que desapareció completamente el primero. Además, se construyó en 1430 la nueva iglesia sobre la planta de la preexistente procedente de finales del siglo XII, con el cementerio como todos los de aquella época alrededor de la misma, en el atrio, y en el interior de la edificación para personajes destacados, una forma de enterramiento que permaneció hasta que se construyó el llamado cementerio viejo, levantado en el año 1832 sobre los terrenos que hoy ocupan los juzgados de instrucción.

De la misma forma se construyó en cantería el palacio de los señores de Altamira alrededor del año 1431, así como otros edificios auxiliares en mampostería, como el llamado hospital de peregrinos, cerca de la iglesia, separado del campo de La Viña -el lugar de trabajo de reparación y secado de redes-. Se alinearon las viviendas alrededor de la iglesia y enfrente y a espaldas del palacio, bajando también hacia lo que hoy es la plaza de Castelao, lejos aún del denominado campo do Rollo o campo da Roda -en donde se castigaba a los condenados después de ser juzgados por los representantes de los Condes-, pero siempre cerca del mar, con los vecinos pendientes del sonido de la campana de una iglesia que marcaba los ritmos del trabajo y descanso de toda la comunidad. Un lugar, dijo el Licenciado Molina en el año 1550 en su Descripción del Reyno de Galicia, con mucha abundancia de aguas dulces, especialmente una fuente muy copiosa, que viene encañada a la plaza. Más tarde, en 1714 la iglesia de San Marcos fue ampliada con las dos capillas laterales existentes hoy en día, sufriendo bien entrado el siglo XIX algunas otras transformaciones: así, se abrió la primitiva fachada con un tímpano presidido por lo que parece una Virxe da leite, franqueada por una sencilla torre, conservándose del primitivo templo solamente parte de los sillares de la capilla mayor y casi todos los canecillos.

Durante los primeros siglos de existencia, alrededor del palacio emergieron, pues, un conjunto de viviendas de pescadores de madera y cachopos, cubiertas ordinariamente de paja, como una clara expresión del dominio de los Altamira, como centro vertebrador de la administración y de control de rentas de toda la jurisdicción de Corcubión, habitándolo el juez o merino y el administrador y mayordomo y los propios señores cuando visitaban la jurisdicción, así como las personas de compañía y servicio.

Por su parte, el Hospital de Peregrinos fue construido por Juana de Castro y Rodrigo de Moscoso en el señalado campo de la Iglesia, una típica casa tradicional dotada con dos camas para atender a los peregrinos camino de Muxía o Fisterra, gozando de protección del Concello. Este hospital, según informaciones, estaba ubicado en el campo de la iglesia, pudiendo corresponder al actual número 2 de La Marina, el solar que hoy ocupa el llamado Polvorín, esquina con la carretera Corcubión-Fisterra, pernoctando en él durante los siglos pasados muchos peregrinos de la gran corriente que fluyó hacia los santuarios de Nosa Señora da Barca y Santa María das Areas, como el caballero húngaro Georges Krissaphan camino de la ermita de San Guillermo; Peter Rieter; Jorge de Einghen, León de Rosmithal de Blatna y el polaco Nicolás de Popielovo; el alemán Enrich Lassota de Steblovo; Jorge Grissaphan; Nomper II de Caumont; Sebald Rieter de Liechtenstein; Nicolás von Poplau de Silesia; Dommenico Laffi...

Después, ya en el siglo XVI, fuera de la época que recorremos, se comenzó a moldear el nuevo urbanismo de Corcubión, desapareciendo paulatina e imparablemente las viviendas de madera predominantes durante los primeros siglos, rodeando el palacio de los Altamira las nuevas construcciones en piedra y por tanto pensadas para permanecer en el tiempo, promovidas por comerciantes y algunos hidalgos que desempeñaron cargos para el Conde, o de aquellos que disponían de algunas rentas significativas -los escribanos y los cargos designados por los Altamira y muy pocos más-, rodeando la plaza y alargándose por la vía de entrada a ella, la actual calle Antonio Porrúa, pero siempre mirando de frente al mar, reflejando una especial e indudable querencia por todo lo relacionado con el medio marítimo. Lo contrario sucedió con el vecino Cee, donde se orientaron sus edificaciones cara adentro, como viviendo de espaldas al mar, despreciando la hermosa vista de la ría, con la excepción de su iglesia parroquial.

Monumentos que perviven

Aparte del palacio de los Altamira -del primer tercio del siglo XV-, quedan en Corcubión la iglesia parroquial de San Marcos, de transición al gótico, y la de San Pedro de Redonda, esta última dentro del arte románico imperante, datada entre los siglos XII y XIII.

«El ajuar y la vestimenta era pobre, a pesar de que el litoral era zona privilegiada»

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