Aquel fatídico 19 de noviembre

Dos vapores británicos fueron hundidos frente a Galicia justo en el inicio de la segunda Guerra Mundial

Imagen del Pensilva, que desplazaba más de 4.200 toneladas.
Imagen del Pensilva, que desplazaba más de 4.200 toneladas.

No nos cansaremos de repetir que a muchos de nosotros, seres terrestres, el mar puede parecernos el fin de muchas cosas, pero en realidad es el principio de todo. Acostumbrados a considerar que vivimos en un finisterre no somos conscientes de que la Historia navega frente a nosotros, hoy como hace dos mil años. Todas las rutas comerciales con escasas excepciones que comunican Europa con el resto del mundo lo hacen por nuestras aguas, y aquel que domine el mar controlará la economía de las naciones y por lo tanto su destino. Es por esto que en todo momento el control de las aguas que rodean a Galicia fue un objetivo estratégico de primer orden en cualquier conflicto que abarcara el ámbito europeo.

Durante la primera Guerra Mundial la lucha en Galicia de los submarinos de los imperios centrales contra el tráfico mercante aliado supuso la pérdida de unas 70 naves que hoy jalonan los fondos de las aguas de responsabilidad española. Todas ellas pasarán a considerarse Patrimonio Cultural Subacuático por la Unesco en los próximos 4 años.

En el segundo conflicto mundial, el de 1939 a 1945, otro tanto va a ocurrir, un número incluso superior de mercantes, submarinos, buques de guerra y hasta aviones bajarán a hacer compañía a las naves que durante milenios han venido incrementando nuestro acervo cultural subacuático, aquel al que nos hemos demostrado durante décadas incapaces de sacar el menor partido.

La guerra en Europa en aquel año 1939 comenzó el 1 de septiembre, y el día 5 ya se produce el primer ataque seguido de naufragio en nuestras aguas, el del vapor británico Bosnia, de 2.407 toneladas, torpedeado por el submarino alemán U 47 bajo el mando del famosísimo comandante Gunther Prien, al noroeste de Ferrol.

Que el alto mando alemán situara en las costas gallegas uno de sus por entonces escasos submarinos, deja bien claro la importancia estratégica que la zona representaba para el esfuerzo de guerra alemán. El comandante del U 47 sería el elegido para forzar el paso a la base británica de Scapa Flow, donde hundirá al acorazado Royal Oak, siendo uno de los hechos de armas más famosos de toda la Segunda Guerra Mundial.

Otros buques seguirían la estela hacia nuestros fondos marinos arrastrando las vidas de numerosos tripulantes hasta llegar a aquel fatídico 19 de septiembre, cuando dos vapores británicos fueron hundidos sucesivamente en nuestras aguas. El Pensilva era un buque de buen tamaño para la época, que desplazaba 4.258 toneladas. Construido en 1929 en Burntisland, Escocia, era propiedad de la Chellew Navigation Co. Ltd., de Cardiff. Procedía de Sudáfrica y con una escala previa en Gibraltar, se dirigía a Ruán y Dunquerque, en Francia.

Es posible que su capitán, Alfred Montague Brockwell, no se percatara de los dos torpedos que le había disparado el comandante Kurt von Gossler, del U 49, pero si a la tercera va la vencida, el tercero ya no lo pudo ignorar pues supuso el fin de su buque.

Para fortuna del capitán inglés la carga de maíz de su barco favoreció que el buque se hundiera lentamente, al contrario de aquellos cargados con mineral o metales en lingotes, que iban al fondo más rápido que piedras. Toda la tripulación se pudo poner a salvo gracias al auxilio prestado por el destructor británico H.M.S. Echo. El Pensilva descansa en algún punto en las inmediaciones del límite de las 200 millas de las aguas de responsabilidad española, al noroeste de Ortegal.

El vapor también británico Darino navegaba el 18 de septiembre de 1939 frente a las Rías Baixas cuando fue torpedeado por el submarino alemán U 41, al mando de Gustav-Adolf Mugler. Procedía de Cádiz y era un viejo conocido de estas aguas, donde realizaba numerosas paradas en los puertos atlánticos de la Península. En este viaje había parado en Cádiz, Lisboa y Oporto y se dirigía a Liverpool y Londres con 1.600 toneladas de carga general.

Tras el ataque, el comandante del submarino ordenó la inmersión inmediatamente, pero esta maniobra no resultó como esperaba el mando.

Por algún motivo, el submarino se precipitó hasta los 123 metros de profundidad, peligrosamente cerca del límite de resistencia del casco de su nave a la presión exterior. Tras recuperar el control, emergió y comenzó una caza de cuatro horas sobre su enemigo.

Dos torpedos más disparó contra el indefenso mercante y ambos fallaron, lo mismo que el primero, hasta que rebasado el límite del día 19, concretamente a las dos menos diez de la madrugada, a unas 108 millas al noroeste de Cabo Fisterra, un cuarto torpedo estalló, condenando al buque, y a 16 de sus tripulantes que lo acompañaron al fondo del mar.

Las víctimas, entre las que figura su capitán, William James Ethelbert Colgan, se produjeron porque en este caso el Darino se hundió casi inmediatamente tras ser alcanzado por el torpedo, ayudados por el peso del estaño que transportaba en sus bodegas.

Los otros 11 tripulantes fueron puestos a salvo por el propio sumergible, en uno de los escasos rescates de este tipo, antes de la orden del almirante Doenitz de no prestar tales socorros tras el incidente Laconia. Los náufragos fueron trasladados al mercante italiano Caterina Gerolimich y desembarcados en Dover.

En la primera línea

Muchas batallas se sucederían a lo largo de este conflicto en nuestras aguas, batallas entre submarinos y mercantes, entre sumergibles y los buques de guerra de escolta, de aviones contra buques de superficie y los propios submarinos, incluso batallas y combates entre aviones, hechos todos que han dejado restos materiales en nuestros fondos, y situaron a Galicia, una vez más, en la primera línea de los grandes conflictos europeos.

Los alemanes situaban frente a las costas gallegas sus escasos submarinos

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