«No entiendo que las cenizas de Man sigan sin enterrar»


La alegría y la felicidad suelen ser efímeras. Clemens Gnädinger (Colonia, 40 años) es sobrino de Manfred Gnädinger, el Alemán de Camelle que en 1961 llegó a esta localidad de Camariñas y vivió en ella hasta que el 28 de diciembre del 2002 murió en plena marea negra del Prestige. Justo diez años después de la desaparición del anacoreta, Clemens vino a la Costa da Morte el 28 diciembre último para asistir al traslado de las cenizas de Man al museo camellán, tal y como el artista había dejado dispuesto en su testamento.

Aquel día, Clemens Gnädinger declaraba que estaba feliz por saber que ahora su tío iba «al lugar donde siempre quiso estar. Me impresionó -agregaba- que el tejado de su pequeña casa esté en ruinas y en muy mal estado». Pedía que «a ver si a partir de ahora se puede solucionar algo». Aquella noche recibió promesas de que en muy pocos días las cenizas serían depositadas definitivamente en la morada de Man.

Sin embargo, transcurrieron ya más de tres semanas y los restos del Alemán de Camelle aún no fueron depositados en el lugar que se había dicho. «Yo todavía no puedo entender por qué las cenizas de Man no están todavía enterradas como estaba previsto», proclama. Una vez más, todo lo que concierne al legado del anacoreta lleva la misma suerte, el abandono al capricho del tiempo. Ni siquiera la presencia de centenares de personas y el desplazamiento de Clemens desde su ciudad germana sirvieron para que, de una vez por todas, se cumpliese un mínimo compromiso con el viejo artista fallecido en medio de un fuerte hedor a chapapote.

Ante esta situación, el sobrino del Alemán se suma a la proclama que figura en las paredes del cementerio parroquial de Camelle: «Dignificación de Man». Mientras, sigue esperando a que alguien le pueda dar una explicación.

La obra artística de Manfred Gnädinger continúa su deterioro sin que haya nadie que siquiera recoja los trozos de las esculturas para ponerlas a salvo de la acción del mar y de los desaprensivos que se las llevan o las trocean. El viejo casucho está medio derruido. Si bien la concejala encargada de la Fundación Man, Mercedes Martín González, tiene un plan para recuperar la vivienda abandonada, el tiempo apremia, pues el deterioro de la construcción puede hacerla irrecuperable.

Clemens, que en mayo pasado descubrió una nueva obra de su tío, cree que durante los diez años que transcurrieron desde la desaparición de Man solo se ha hecho algo en los tres últimos. «Debió haberse actuado antes», dice. Los siete primeros fueron perdidos. Aunque también entiende que «sin dinero en mano, es difícil poder llevar a cabo ciertas iniciativas». No obstante cree que este problema podría haberse solucionado si los 120.000 euros que el Alemán tenía en el banco se destinasen a mantener su museo, como él quería, y no se los hubiese llevado Hacienda sin más.

El 28 de diciembre último Clemens Gnädinger proclamaba: «Mi corazón y mi alma están hoy llenos de alegría». Casi un mes después, está preocupado y temeroso de que su largo viaje de tres días al corazón de la Costa da Morte no haya valido de nada.

Sin embargo, su testarudez teutona no le permite abandonar el propósito de conocer mejor la vida y la obra de Man para preservar su legado. De momento, la idea que tiene de su tío es como un puzle «con muchas piezas sueltas que no sabes donde colocar».

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