«El mar de la Costa da Morte es mi auténtica debilidad»

Gobierna desde 1991 el Concello ourensano de Boborás, donde reside desde finales de los setenta, pero jamás olvida su comarca natal


carballo / la voz

La vida del alcalde de Boborás (Ourense) no comenzó precisamente con un episodio feliz. Cipriano Caamaño Castro, natural de la parroquia ceense de Ameixenda, perdió a su madre cuando era un bebé de apenas cinco meses, pero, así de raro es a veces el destino, los remedios que no llegaron a tiempo para ella le salvaron la vida al pequeño Cipriano. «Mi madre murió de neumonía porque las medicinas, que venían de Portugal, no llegaron a tiempo. Los medicamentos llegaron a casa dos días después de que ella muriese y sirvieron para salvarme a mí, que también me había contagiado», cuenta. No fue un arranque de color rosa, pero Cipriano, médico de profesión, asegura que la suya fue una infancia feliz. Muy feliz. «Me criaron todas las mujeres de la familia, como mi abuela María o mis tías Antonia y Hortensia, que también era mi madrina. Aunque, como es lógico, no recuerdo aquellos primeros años, debí de estar muy bien cuidado, porque nunca tuve una sensación de pérdida materna. Todas las mujeres que hubo a mi alrededor cubrieron muy bien su ausencia», explica. También su padre, quien, reconoce, lo mimó especialmente. «Mi padre se casó de nuevo y yo tengo dos medio hermanas, Milagros y Maruja, a las que quiero muchísimo, pero siempre tuve la sensación de ser hijo único, porque mi padre siempre me protegió muchísimo y no dejaba que nadie me riñese», rememora.

No le reñían, recuerda entre risas, aunque era un niño muy travieso. «Juguetón», dice risueño. «Siempre fui muy travieso porque jamás me pusieron ninguna restricción, pero es que eso era habitual en el medio rural, donde nos divertíamos en cualquier lado, en los palleiros, por los caminos, por los montes... En Ameixenda éramos una pandilla muy grande y muy bien avenida y nos divertíamos incluso cuando nos ponían a trabajar», cuenta Cipriano, quien recuerda especialmente aquellos días en los que mandaban a los niños a buscar piñas al monte. «Ahora cuando veo un pino cargado de piñas siempre me llama la atención, hablo con él y le digo: Se foran outros tempos non estarías tan cargado», dice riendo.

Sus travesuras, explica, estuvieron a punto de hacerle abandonar los estudios, pero el destino, una vez más, se puso de su lado. «Llegó un punto en el que prácticamente había abandonado los estudios y tenía claro que seguiría los pasos de mi padre en la agricultura, pero todo cambió gracias a mi amigo Elías Prieto, que años más tarde se convirtió en mi cuñado al casarse con mi hermana Maruja. Su hermano mayor estaba haciendo el bachillerato y decidió preparar a Elías para hacer el ingreso en el Fernando Blanco, pero él dijo que no iría a clase si yo no iba con él, así que allá fuimos los dos», dice con agradecimiento. «A partir de entonces me fue bien», añade, aunque su ingreso en Medicina, no fue precisamente su primera opción, ya que estuvo a punto de matricularse en Arquitectura y curso un primer curso de Ingeniería. «En realidad fue un año sabático en Santiago, porque no hacía nada, así que me cambié a Medicina y todo fue bien. Me di cuenta que me gustaba mucho y ahora mismo si volviese atrás no haría otra cosa», asegura.

Y fue precisamente la Medicina la que le llevó a Boborás. «A los dos días de acabar la carrera empecé a trabajar en Trives y después de tres años fui para Boborás», explica. De eso, dice hace ya más de 30 años, así que a estas alturas, confiesa, su corazón está dividido entre la localidad ourensana en la que ha establecido su hogar y su Ameixenda natal. Quiere a los dos lugares por igual, pero reconoce que al primero le falta un detalle: «El mar de la Costa da Morte es mi auténtica debilidad, me relaja y me da vida», dice.

«Siempre fui muy travieso porque en el medio rural se gozaba de una gran libertad»

«Siempre que veo un pino cargado de piñas me acuerdo de mi niñez»

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