«Cuando me siento triste voy a Muxía y me devuelve la vida»

La presidenta de la Asociación de Diabéticos de Santiago conserva la misma pandilla que cuando era niña


CARBALLO /LA VOZ

La presidenta de la Asociación de Diabéticos de Santiago, Teresa Lord Rodríguez, está convencida en que en Muxía nadie la reconoce por su nombre de pila. Para los muxiáns -«gente noble a la que adoro», dice una y otra vez- ella es simplemente «Teresiña, a filla de María Teresa» y se ríe feliz cuando cae en la cuenta de que pasen los años que pasen, ella seguirá siendo una niña en el pueblo de sus amores. «Aunque sea una viejecita súper arrugada todo el mundo se referirá a mí como Teresiña y eso es una maravilla», dice con una felicidad contagiosa que se incrementa cuando le preguntan qué significa Muxía para ella. «Nací en Santiago y quiero mucho a mi ciudad, pero tengo el corazón dividido porque Muxía es mi paraíso», asegura. No miente, porque, según Teresa, Teresiña, la localidad de la Costa da Morte «tiene algo que engancha, es como una droga».

«Mi madre, como buena muxiana, me metió a Muxía en el corazón», asegura con orgullo. Quizás por eso, cuando Teresiña y sus cuatro hermanas eran pequeñas esperaban ansiosas a que llegase el verano para poder disfrutar de la libertad que les daba «el pueblo de mamá», la localidad que se volcó con ellas cuando su madre se quedó viuda siendo muy joven. Preferían Muxía, dice con nostalgia, antes que el pueblo de su padre, situado en la provincia de Pontevedra. «En el pueblo de papá teníamos una casa enorme y preciosa e íbamos allí de vez en cuando, en la época de vendimia, por ejemplo, pero el de mamá nos tiraba mucho más, así que no nos importaba nada coger el coche de línea, el famoso Celta, que tardaba cuatro o cinco horas en llegar a Muxía después de un viaje eterno por carreteras horribles», recuerda.

En aquellos años, asegura, igual que ahora, sentía mariposas en el estómago al empezar a bajar A Carrúa y nada más llegar al paseo marítimo, Teresa se sentía libre. Completamente feliz. «En verano casi ni pisaba mi casa. En cuanto llegábamos yo dejaba la maleta tirada en cualquier parte y me iba corriendo al comercio de Gela. Ella tenía nueve hijos y nosotras éramos cinco niñas, pero a ella no le importaba nada que entrásemos en tromba en su casa. Incluso me decía que me iba a comprar una cama para estuviese siempre con ellos», recuerda con cariño. El mismo que demuestra cuando habla de Maruja de Valentín -«mi segunda mamá, una mujer a la que siempre corro a abrazar», cuenta- o a sus amigas de su infancia, las mismas que hoy conforman su pandilla. «Tengo pocos amigos, pero los que tengo son de verdad, los amo», asegura antes de empezar a enumerar una larga lista en la que incluye a «Ana de Valentí, Barca de la casa de Jorge, Gela, la familia Toba, Pepe, Socorro, Merce...»

Con todos ellos, rememora, vivió miles de aventuras y disfrutó al máximo de los días de verano. «Mi madre no me veía el pelo en todo el día, porque me levantaba temprano, me daba una ducha rápida, me ponía el traje de baño y me iba corriendo a cualquier playa. Me encantaba la del Capitán, que ahora ya no existe, pero también la de Lourido o la de A Pedriña. Era feliz, como ahora, incluso cuando iba sola, y las tardes eran para la pandilla», explica.

Y las tardes de lluvia, añade, se refugiaba en la compañía de su madre y le pedía que le contase historias de la familia. «La casa en la que vivíamos [y hoy conservan] era de mi bisabuela y a mí me gustaba mucho que mamá me contase cómo era ella de niña y lo felices que eran en Muxía con muy pocas cosas», dice.

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