Obligaciones elegidas voluntariamente


Sé que no es políticamente correcto, pero sí cierto: En ocasiones quiero a mi perra mucho más que a la mayoría de la gente con la que trato a diario. Es, seguramente, un sentimiento egoísta, fruto del hecho de que Brisa me quiere incondicionalmente, con una intensidad que ningún humano me ha demostrado nunca.

A veces, demasiadas, consigue sacarme de mis casillas, porque Brisa, como todos los perros, implica una larga serie de obligaciones que cuando llegó a casa, siendo un precioso cachorro indefenso, solo podíamos imaginar. Obligaciones incluso cuantiosas, porque tener un perro supone una serie de desembolsos que se incrementan día a día. Son, no obstante, obligaciones elegidas voluntariamente, sabiendo desde el principio que Brisa iba a necesitar salir a la calle a diario (varias veces, por cierto, y también cuando diluvia), que tendríamos que llevarla al veterinario periódicamente, contratarle un seguro, y, entre otras cosas, pedir mil y un favores cuando nos fuésemos de vacaciones. Sabíamos que Brisa requeriría tiempo, pero también intuíamos que, como decía el actor alemán Heinz Rühmann, «se puede vivir sin perro, pero no merece la pena».

Por todo ello me resulta inconcebible que haya gente capaz de abandonarlos, me duele que los maltraten y no comprendo cómo alguien puede tener uno y dejarlo atado durante todo el día a una mugrienta cadena. No entiendo por qué las autoridades competentes no controlan más a los propietarios y todavía no han elaborado un censo de canes como es debido. La ley obliga a identificar a los perros y a ponerles un micro chip y, sin embargo, son muchos los que carecen de él. Es increíble que el maltrato animal no se persiga más y que las denuncias sean anecdóticas, y resulta triste, muy triste, que la sociedad no denuncie prácticas que, por desgracia, no son anecdóticas.

Quizás solo lo entiendan aquellos que de verdad quieran a su amigo de cuatro patas y que, como el actor Will Rogers, estén convencidos de que ellos son la mejor compañía. «Si los perros no van al cielo, cuando muera quiero ir a donde ellos van», decía. Yo también me apunto.

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