«Le enseñábamos a los de fuera a abalar la piedra porque ellos no sabían»


Para Balboa Toba, el tránsito entre A Coruña, donde tiene fijada su residencia desde hace más de 50 años, y Muxía es una constante vital. Ya de adolescente volvía a su localidad natal para disfrutar de toda cuanta fiesta se presentaba. «Una vez, con 12, 13 o 14 años, nos escapamos en una chalana a cuatro remos para ir a las fiestas de San Ramón en A Ponte do Porto. Estuvimos toda la noche bailando y, a la vuelta, vimos como un bulto en el muelle. Me advirtió mi compañero: ?Ese parece teu pai? y, efectivamente, lo era. Solo me dijo: ?Toñico xa hablaremos al llegar a casa. Él no me hizo nunca nada, pero mi madre, en cuanto me levanté al día siguiente, me arreó bien duro».

De aquella época también son «las fiestas de la Barca en las que, durante cuatro días seguidos, te acostabas a las seis de la mañana y te levantabas a las diez para seguir la juerga». Los de Muxía eran los que les enseñaban a los forasteros «a abalar la piedra porque no sabían» y los cármenes de Moraime o Camariñas en los que Balboa demostraba sus grandes dotes como bailarín.

Con 19 años llegó la oposición y un puesto en el Banco Exterior en Vigo (1963) y su destino definitivo en A Coruña (1965), del que no se iría hasta «que Boyer y Solchaga empezaron a vender Argentaria a trozos» y los de su generación «con 18 pagas al año» resultaban «demasiado caros». Sin embargo, aún debía encontrar en Muxía otro de los pilares fundamentales de su vida. «Acaba de estrenar mi 600 y la vi con un grupo de niños y me pareció muy guapa. Luego la estuve mirando desde lejos con unos prismáticos. Le dije a mi madre que me parecía ?moi xeitosiña? y ella me explicó que era la nueva maestra que había estado antes en Camariñas. Estuvimos dos años de novios y nos casamos en la iglesia de Santa María del Campo de Viveiro. El próximo 16 de febrero, si Dios quiere, cumplo 67 años y 37 de matrimonio».

En todo ese tiempo, Balboa ha vuelto a su pueblo para desarrollar su estilo de pintura impresionista, para presentar libros, algunos de los cuales han llegado al instituto Cervantes de Damasco o a la Casa Real, o para recitar poesía, como en el reciente homenaje a López Abente. Ahora, lo que haría ilusión, sería ver su obra expuesta en la Casa da Cultura.

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«Le enseñábamos a los de fuera a abalar la piedra porque ellos no sabían»