«Na escultura tes que reinventarte para non facer o mesmo cada día»

Santiago Garrido Rial
S. Garrido CARBALLO/LA VOZ.

CARBALLO

Trabaja con galerías. Sus obras tienen muy buenas críticas y ha participado en numerosas exposiciones y bienales

08 ene 2011 . Actualizado a las 02:00 h.

El escultor Xosé Manuel Castro López vive en Vilasuso. Pero, ojo a los que quieran ir a visitarlo y, si se tercia, comprar alguna de sus creaciones. Es muy fácil. En Ponteceso hay dos Vilasuso, que es donde reside. Uno está en Tallo, muy cerca de A Bugalleira, en plena carretera de Buño a Ponteceso. El otro, el suyo, está en la parroauia de Cores, también cerca de A Bugalleira. Ocurre que el suyo es en realidad Viladesuso, pero son muchos (él, por ejemplo) los que prefieren decir Vilasuso, sin el de . Tal vez por ello en el lugar de Tallo no se extrañan cuando el forastero, ya perdido, pregunta por el escultor. «Iso está no outro Vilasuso, pasando A Bugalleira. Non ten perda».

Una vez que se sabe, aunque lo ignore el navegador del coche regalado por Reyes, en efecto, no la tiene. En su aldea ya no hay pérdida. Recibe en una bonita caca de piedra rodeada de un jardín con mucho césped, árboles y sus propia esculturas. Es un pequeño museo al aire libre.

En este lugar, a pocos metros, fue donde nació y se crió. Los años de la infancia los pasó «con medo, coma todos os nenos, daquela». Miedo al cura, que «pegaba». A los padres, «que che daban unha tunda». A los «americanos», los que venían de fuera. Incluso a los chavales mayores, que abusaban. Eran otros tiempos. «Nada que ver co de hoxe. Os fillos replícannos, párannos á boca, faltan ao respecto. Nós non tiñamos esa posibilidade».

Su vida fue la de un niño de aldea, «unha aldea demasiado pequena para certas celebracións», como el Entroido. O donde, «neste tempo de inverno», hacía mucho frío al sacar las vacas.

Era Vilasuso eran bastante independientes, concepto difícil. Xosé, que es de los que le quital el de (muchos otros lo mantienen) asegura que está por «pedir a independencia de todo, porque agora todo o mundo quere ser independente».

De niño ya tenía alma de artista, aunque él no lo cuenta. «Xa nacín así, facendo o parvo». Se le daba bien dibujar, crear. No tiene del todo claro qué significa ser artista: «Nós facemos cousas que non valen para nada. Outros fan pan, por exemplo. A arte non vale para nada e, cando vale, xa é artesanía. No sei realmente que é. Do que escoitei, o que máis me gusta é o de que non vale, que non ten sentido práctico».

Algo hai, o debería haber, de ironía, en estas aseveraciones.

Cantero

Ocurre que Xosé, además de escultor, trabajador de las pedras vivas (véase su blog http://josemanuelcastroescultor.wordpress.com), es cantero, aunque no ejerza comercialmente de tal. Pero tiene experiencia y, además, pasó cinco años en la famosa Escola de Canteiros de Poio. De los 20 a los 25 años. «Foi unha época moi boa, de moito traballo. Sempre fora un alumno mediocre, pero na escola creo que fun formidable. Gustábame moito. Fun á escola para traballar a pedra, pero antes xa lle tiña aprezo á pedra, alí aprendín a técnica».

Su aterrizaje en la escultura fue el fruto de un proceso. «Empezas con algo e vante levando». No lo había previsto. Se había dedicado sobre todo a pintar, especialmente al óleo, pero acabó esculpiendo. «Isto non é Jauja, é algo duro a todos os niveis, e non só o económico. Tamén emocional. Tes que sobrepoñerte día a día. Na escultura tes que reinventarte para non facer o mesmo cada día. Hai moito traballo detrás. E angustia, e momentos baixos. Un canteiro chega e sabe cando empeza, cando acaba e o que vai cobrar e cal é o traballo do día. Nós non. Hai que reinventarse. A decepción é continua, cando acabas unha obras tes que empezar de novo. O pasado vale pouco. E o que fixeches na xornada nin sequera sabes se che vai valer».

Xosé Manuel trabaja sobre todo para galerías. Claro que si alguien acude a su casa a un encargo también lo atiende. El momento económico es malo. Como con todos. «Este ano pasado, aínda non me queixo. A ver como vén o 2011».

Trabaja con piedra morceña. Así se llama a la que es abundante en su parroquia y seguramente en las limítrofes. Posiblemente se trate de cuarcita. Algunos le llaman azul, pese a que es negra. Dice que le ofrece unas texturas que no encuentra en otras. Sus trabajos no pasan desapercibidos. «A miña escultura trata de enganar ao espectador, crear sorpresa nel, ao ver que a pedra se aplasta, dá a impresión de que é maleable». La toca aparece tratada como si fuese plastilina, como si tuviese flexibilidad. Es un estilo personal, que no ha copiado de otros. Huye de la figuración, «que está xa máis gastada, é difícil facer algo novo nela». Pero, si hay que hacer algo así, se hace. El busto del almirante Mourelle de Corme, por ejemplo, inaugurado recientemente, es un ejemplo. En él ha tenido que aplicar sus cualidades de dibujante. «Sempre se agradece cambiar un pouco e facer cousas distintas».

Avanzar, dice, es fundamental. «A escultura é algo máis que unha estatua». Y sin constacia y meticulosidad, exlica Xosé Manuel Castro, poco se puede hacer.